Apuntes/Reflexión

De burbujas, efervescencia y poder

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Foto: Kaytee Riek

Imagina un vaso de agua en cuyo interior se están disolviendo varias pastillas efervescentes. Cada una con un color, un tamaño, si quieres hasta un sabor diferente. Durante el proceso de disolución se generan pequeñas turbulencias, remolinos, tormentas en miniatura. Las burbujas que se desprenden de las grageas a veces forman disturbios en la misma dirección, a veces se empujan unas a otras caóticamente, disputando pequeños espacios de agua que pronto serán ocupados por otras burbujas, del mismo color o no. Invariablemente, las burbujas siempre revuelven el líquido y crean pequeñas corrientes, tiñéndolo de un determinado pigmento, de un determinado sabor. A simple vista, el diáfano vaso de agua queda conquistado por la turbulencia, turbulencia que no cesa a nivel microscópico: fuerzas e inercias se abrazan, en un proceso que nunca se agota. El flujo incesante y multicolor tiene un origen, un núcleo: cada una de las pastillas, que disueltas, están en un lugar concreto y en todos a la vez. Ganan la conquista, y a la vez no dejan de batallar por ella.

Algo así ocurre con el poder.

El poder siempre ha sido tema de infinidad de debates y reflexiones: no en vano es un asunto íntimamente humano, exclusivamente humano. Quizá despierte tanta fascinación precisamente porque es una de las pocas huellas históricas que deja el hombre: por encima del arte, de la política, de la ciencia y de la economía, hay poder.

En una extensa entrada, Wikipedia lo define como “la mayor o menor capacidad unilateral (real o percibida) o potencial de producir cambios significativos, habitualmente sobre las vidas de otras personas, a través de las acciones realizadas por uno mismo u otros” (aquí). Por su parte, Max Weber lo define como “cada oportunidad o posibilidad existente en una relación social que permite a un individuo cumplir su propia voluntad”. Dos definiciones que desembocan en dos posibles tendencias:

  • Por un lado, el poder como recurso: se posee, se arrebata, se conquista. Pertenece a unos estamentos, unas clases, unas instituciones.

  • Por otro, el poder como relación: está en situación, no se acumula, no es tanto un instrumento como una posibilidad.

Recurso y relación: pastilla y turbulencia. ¿Con qué opción quedarse? Nunca fue buena idea parapetarse en trincheras. Tiene razón la primera tendencia, puesto que el concepto compartido de poder está asociado a grupos con unos determinados rasgos (económicos, culturales, ideológicos) que parecen estar predefinidos, enmarcados en unas coordenadas concretas. Sin embargo, la segunda tendencia pone de manifiesto que el poder viene marcado por un balance, por unos flujos, por unos roles asumidos entre los componentes de la sociedad. Legitimidad, sumisión, soberanía… todos estos conceptos han de ser puestos en relación.

Entonces, ¿dónde está el poder? ¿En el acceso a los recursos económicos? ¿En la capacidad de persuasión? ¿En los mecanismos de fuerza y violencia? ¿En una papeleta electoral? Posiblemente en todos y en ninguno: cada uno de estos ingredientes pueden ser inutilizados si se invierte su significado. Ninguno de estos elementos es poder en sí mismo, pero todos son estratégicos para mantenerlo. El control por los discursos mediáticos, por ejemplo, es una lucha por el poder. O las fluctuaciones económicas. Dónde empieza y dónde termina la importancia de cada uno de los procesos de poder es una cuestión compleja: funcionan como una banda de free jazz.

Volviendo al ejemplo del vaso, una vez las pastillas se han disuelto, del poder no se puede escapar: siempre está ahí, integrado. Como dice Michel Foucault en Microfísica del poder, no existen playas de libertad en la sociedad. El problema es que la disolución nunca es completa: las pastillas no se agotan, de ahí el pulso constante. Por eso, las relaciones de poder tienen distintas formas (distintos colores) y producen una densa red de discursos y saberes. Citando a Foucault:

“Se organiza en una estrategia más o menos coherente y unitaria; (…) los procedimientos dispersados, heteromorfos y locales de poder son reajustados, reforzados, transformados por estas estrategias globales y todo ello coexiste con numerosos fenómenos de inercia, de desniveles, de resistencias”

En resumen, allí donde hay poder, habrá resistencias al poder, y como él, serán también de muchas formas y colores. El proceso no termina nunca, y es una lucha constante.

La forma de afrontar ese proceso ha ido cambiando históricamente. Desde el siglo XVII, la problemática del poder se ha ido reduciendo a una cuestión entonces nueva, pero que hoy controvertida: el problema del Estado, de la soberanía, de la representatividad. La llegada de las democracias parlamentarias suponía una ruptura nunca antes vista, abriendo espacios para la discusión y la deliberación, para el sufragio, para los asuntos públicos. Se daba voz a quien antes no la tenía, se alcanzaron libertades que aseguraban el proceso. ¿Significó aquello que las luchas centrales por el poder pasaron a ser visibles a la luz del día? No. Seguían enterradas, agazapadas en espacios fundamentalmente privados. ¿Pasó a ser el Estado el aglutinador de todo el poder? No. Pese a que desarrolló y amplió nuevas parcelas, terminó siendo una excusa, una excusa que arrastró a naciones enteras en su turbulencia.

 Continúa en Jardines, puertas giratorias y cloacas

 © 2013 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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