Apuntes/Reflexión

Jardines, puertas giratorias y cloacas

Tela de arañaFoto: vl8189

La semana pasada veíamos un par de ligeras nociones sobre el poder, su metafórico parecido con el proceso de disolución de una pastilla efervescente, y cómo ha ido focalizando su concepto en torno al de Estado. Nos preguntábamos: ¿hay prácticas de poder fuera de él? Más aún, ¿las relaciones de poder más fuertes emanan del Estado o no?

Nos quedamos con el concepto clave de soberanía. Para Rousseau, padre conceptual del “contrato social” que define a las democracias parlamentarias actuales, la soberanía no es un asunto de gobernantes y gobernados, sino más bien una relación del cuerpo (social) con cada uno de los miembros. Una relación legítima, equitativa, útil y sólida. Una relación ilustrada, del siglo XVIII. Sin embargo, el debate acerca de cómo las voluntades individuales se transfieren hacia unos pocos gobernantes que detentan la voluntad general nunca ha parado. ¿Es válida la representación electoral? ¿Colma nuestras expectativas? Viendo las encuestas del CIS (donde los políticos aparecen como uno de los principales problemas), es lógico pensar que no: la democracia parlamentaria termina por matar la soberanía, por desplazar a los votantes, por empujarlos contra los márgenes. Al final, no hay nada que vincule al soberano con sus subalternos, ni siquiera el propio voto, diluido entre millones.

Rescatando de nuevo a Foucault, para éste el problema del poder no es de soberanía, sino que va más allá:

Entre cada punto del cuerpo social, entre un hombre y una mujer, en una familia, entre un maestro y su alumno, entre el que sabe y no sabe, pasan relaciones de poder que no son la proyección pura y simple del gran poder del soberano sobre los individuos.

Un ejemplo muy claro de esto es el que propone Jacques Donzelot en su libro La policía de las familias, al defender que éstas ejercen un tipo de poder que es complementario al estatal. Para él, la familia supone un núcleo económico de producción económica y distribución de riqueza, pero también el nodo fundamental en las redes de solidaridad y en la formación de valores y representaciones del mundo. Cuando comienza a implantarse la escolarización civil (ss. XVIII-XIX), el Estado “entra” en las familias, pero sólo hasta dónde éstas consienten, y en ningún caso sustituyéndolas. Es un buen ejemplo de que el poder no radica únicamente en el Estado.

Volvamos sobre la segunda pregunta inicial: ¿podríamos afirmar que algunas de las relaciones de poder más fuertes no surgen de él? Puede venirnos a la cabeza el poder de las grandes multinacionales, de los fondos de inversión billonarios, del volumen de euros que mueve la economía especulativa en un solo día y que puede arruinar un país, una región, medio continente. No son ejemplos mal encaminados, pero siendo claros, no se puede considerar que formen parcelas separadas de poder. Entre el poder económico y el estatal hay vasos comunicantes, puertas giratorias, pasadizos secretos, escalinatas, cloacas, chimeneas, jardines delanteros y traseros. Entre el poder económico y el poder estatal hay una avaricia por depredar y una laxitud por ser depredado. Entre el poder económico y el poder estatal, en fin, también hay relaciones de poder. Equilibrios y desequilibrios, flujos y sequías, desmantelamientos y reconstrucciones. Hay ganadores y perdedores. Machetes y llagas. No es un poder dialéctico entre quienes lo tienen y no lo tienen. Es un poder en red, un poder de núcleos y caudales. De pastillas y turbulencias.

Manuel Castells, en Comunicación y poder, asegura que no tiene solución la disyuntiva entre poder en red y la autoridad estatal delimitada en un territorio fijo:

Existe realmente una crisis del estado-nación como entidad soberana. No obstante, los estados-nación, a pesar de su crisis multidimensional, no desaparecen; se transforman para adaptarse al nuevo contexto.

De nuevo según Castells, si vivimos en un mundo de redes (cosa que nadie duda ahora mismo), el poder inevitablemente tiene que constituirse también en redes que florezcan aquí y allá. En ese punto, el fortalecimiento de la red es necesario para que se mantenga el poder. ¿Cómo se fortalece? Fácil: uniendo varias de estas redes que compartan objetivos y recursos en una sola. En una época donde el poder se entiende como acumulativo, tiene cierto sentido comprender que éste tienda a la concentración, al enraizamiento múltiple, al laberinto. Pero entonces, ¿no hay una contradicción entre la noción de sociedad-red y el de concentración de poder? ¿No es la concentración una anti-red, en cierta manera? ¿Dónde quedan entonces las redes de contrapoder? ¿Existen?

Continúa en “Contrapoder: dos ejemplos incompletos”

 © 2013 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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