Cosas que pasan/Reflexión

La guerra es lo posible

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Foto: Issouf Sanogo/AFP

En un estupendo reportaje publicado el pasado domingo en XL Semanal leemos a Don McCullin, reportero gráfico de 77 años que no pisaba el frente desde los noventa. En 2012 rompió su retiro y se adentró en la guerra civil siria: “Hoy me he sentido enfermo… Me avergoncé de lo que estaba haciendo. Por primera vez me he quedado sin palabras, herido en lo más profundo… ¿Esto qué tiene que ver con la fotografía? ¿Para qué he venido aquí?”, relataba después de un interminable día tomando imágenes de cuerpos en Alepo. Otro reportero veterano, Enrique Meneses, viajó a Sarajevo en 1993 para sellar una trayectoria que le había llevado por mil rincones del convulso siglo XX. Por alguna razón, Meneses (entonces con 64 años y un enfisema pulmonar en ristre) necesitaba cerrar el ciclo, volver a sentir la intensidad de la guerra, percibir cómo el espacio y el tiempo se combaban y adaptaban a ella. Un periodista cuenta lo que pasa. Y quizá la guerra sea la metáfora más cruda y dura de lo que pasa. La guerra es lo posible.

Los reporteros de guerra, disparando desde la periferia del mundo, a veces son la única línea de defensa. Agrupados en la absurda etiqueta de “la tribu”, comparten rasgos que al resto se antojan como esbozos de malditismo: cualquier día, un obús o un francotirador les alcanzará, y si no lo hace, quedarán marcados de alguna otra forma. La guerra también pasa a través de ellos, después de todo. Si hay algo que les hace grandes es que vagan por los márgenes, fuera de los límites del mapa. Hacen real la metáfora de Jesús Ibáñez: “Sólo los malditos mejoran este mundo”.

También la semana pasada se publicó en Jot Down una serie de fotografías de guerra. La gran mayoría excelentes, todas ellas desgarradoras. Reflejan mundos oscuros, monocromos, de texturas duras, paisajes desolados y horror eterno. El encuadre, el grano, la composición, todos los factores técnicos quedan relegados ante la importancia del acontecimiento, del anticlímax. Cuando el fotógrafo apunta, la continuidad de los hechos está atrapada, violentamente, en su propia vorágine. Cuando el fotógrafo dispara, la discontinuidad del acto -una mirada furtiva entre Himmler y un prisionero, los restos humeantes de un carro blindado estadounidense tras una emboscada en Irak-, pasa a ser acontecimiento, documento, registro, símbolo. Una nota al margen, un inciso, un paréntesis. Cuando la fotografía es publicada y ocupa las primeras páginas de los periódicos y las centrales de los dominicales, se certifica lo evidente: éste es un mundo violento, virulentamente violento. En el Norte, en el Sur, en el Este, en el Oeste. Un mundo violento. Contábamos con ello. Y pasamos de página.

Ante una sobresaturación de imágenes, aparece lo que Santiago Alba Rico llama el gag y el relato. Observamos la mirada perdida de un guerrillero en Congo, el cuchillo entre los dientes, en una mano sujeta el pene y los testículos seccionados de otro hombre, en la otra agarra una mano amputada. La imagen se lee, erróneamente, como un conjunto de estereotipos, como un conjunto de nada: es negro, eso es África, son una tribu, son primitivos, la vida es así. Ése es el gag. El lector, desgajado del propio relato que fundamenta la historia, olvida las causas de la guerra, olvida ver la imagen como un tablero donde juegan caóticamente lo sacro y lo profano, lo irreversible con lo evitable. Al contrario, la fotografía de guerra se convierte en un simple acontecimiento espectacular. En la mayoría de los casos la cosa no irá más allá de ahí: de una alteración leve en el orden biempensante. Y la imagen, desgajada de su relato de procedencia, despojada de su capacidad de resistencia, pasará a suplantar el relato. Queda anulada la poca inercia que pudo generar esa imagen ante los descomunales acontecimientos de la guerra. Ésta pasa limpiamente a través de la fotografía, pero sólo porque nosotros decidimos pasar limpiamente a través de la imagen, como si la guerra fuera algo evidente, obvio, natural. Contábamos con ello.

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Pero resulta que la guerra no es ni evidente, ni obvia, ni mucho menos natural. La guerra es, sobre todo, un proceso cultural, un artificio, un conjunto de normas. No hay nada espontáneo en ella. ¿Qué tiene de involuntario planificar la economía nacional para adaptarla a los requerimientos de la guerra? ¿Qué tiene de involuntario desarrollar todo un plan de propaganda y de intoxicación mediática contra el enemigo? ¿Qué tiene de involuntario la disciplina militar, el diseño e investigación en armamento? Nada. Una cosa es pensar que tenemos cierta agresividad natural en nosotros, ciertas formas de violencia física: pero otros tipos de violencia (Johan Galtung hablaría de los niveles cultural y estructural de la misma) son construcciones, herramientas. Y todo eso puede cambiarse. La tarea es infinitamente compleja, casi imposible: por eso mismo merece la pena.

El cambio debe romper en múltiples puntos microscópicos y dispersos de la enorme maquinaria bélica: nuestras casas, por ejemplo. Ver de nuevo la galería de imágenes de guerra. Pensar que no era necesario que toda esa gente muriera. Equiparar el acto de fotografiar la guerra al de dibujar un monstruo, al de hacer una cartografía de la aberración. No debemos quedarnos en el escándalo efímero: ese monstruo, el que nadie quiere ver, tiene corriendo por sus venas la sangre de la institución, de la tradición beligerante, de la norma. Algo diseñado, implementado, usado y aceptado. El paroxismo de los que van a ser fusilados, el grotesco rictus de una cabeza decapitada son símbolos perfectos de esa aberración: eso no es África, ellos no son negros. La vida no es así. Permitamos que la resistencia del reporterismo de guerra nos alcance. Organicémonos, debatamos, reflexionemos. Actuemos. No nos volvamos ajenos a la guerra. Está en todas partes, acechando: casi podemos decir que nuestra posición histórica es continuación, causa o consecuencia de alguna. No dejemos que ésta atraviese limpiamente nuestras casas. Pero tampoco dejemos que se siga extendiendo impunemente por los márgenes de nuestro mundo, falsamente rico, falazmente brillante.

 © 2013 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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