Cosas que pasan/Reflexión

La peste

Yersinia_pestis_fluorescent

Foto: Wikipedia.org

La peste es sibilina. La peste es silenciosa.

La peste siempre termina por mostrar sus pústulas. Sin excepción.

No se puede ver, no se puede tocar, no se puede oler: ahí radica su fuerza. Salta de un cuerpo a otro, desbrozando caminos, mordiendo con ansia voraz, rasgando llagas en la carne pura, infectando glándulas, supurando pus. Todos son cómplices en la enfermedad, todos la emiten y la reciben en una red perfecta de comunicación: no hay ruido, no hay interferencias. Todo está perfectamente canalizado. Todos funcionamos como uno, en nuestras casas, en el bar, en los puestos de trabajo y las escuelas. Eventuales nodos en la densa red de contagio. Portamos la peste, pero no nos damos cuenta. Sólo cuando los muertos llegan a bloquear las calles la peste es un problema. Pero entonces, la enfermedad devora por igual a lo verdadero y lo falso, a la potencia y al acto: no hay alternativa. No hay solución. Al igual que Orán en La peste de Albert Camús, la ciudad es un santuario de destrucción.

La peste en España está apretando a la jefatura del Estado y al partido del Gobierno a la vez. Es un combo doble, una carambola, un ataque en pinza digno de los mejores estrategas bélicos. Sabíamos que la peste existía. Lo que no sabíamos era que los cuerpos se pudieran sobreinfectar, creando peste a partir de la peste, matando bacterias hermanas, camaradas en la infección, copias indistinguibles salvo en leves rasgos genéticos. No hay que pensar en conspiraciones. La peste sólo es peste. Sólo es bacteria. No sabe planificar. No hay inteligencia. Sabe lo básico: alimentarse, respirar y reproducirse.

Alimentarse. Es preciso encontrar los mejores nutrientes, sintetizarlos, transformarlos en energía, transmitirlos a los orgánulos. Si se agota un nutriente, hay que moverse a buscar otro banco de alimentos. Da igual que sea la sanidad pública, las tarifas eléctricas o la construcción de polideportivos. Si hay nutrientes, se acude. Es eso o morir. No importa que eso implique saquear una nación: en realidad no existe tal nación, está podrida de peste, muerta antes incluso de nacer. Tanto da que eso implique asesinar a la cepa madre. Eso o morir.

Tampoco puede perpetuarse la vida celular sin respiración, y eso la bacteria de la peste lo sabe muy bien. Para evitar colapsar, tan sólo es necesario sintetizar un poco de oxígeno, airearse ligeramente, salir al encuentro de la luz. Abrir las ventanas, formar corrientes de aire, limpiar la mierda. Para a continuación seguir funcionando mejor, devorando, infectando al que mire, eliminando al que pregunte.

Por último, la aspiración final, la meta suprema, la sublimación. Hay que reproducirse, multiplicar el genial sistema de comunicación inventado, seguir depredando, esparcir la semilla, transmitir lo conocido, inundarlo todo de tácticas de caza microscópica, de extracción de recursos. Inundarlo todo, hasta que no parezca que haya nada más. Inundar el espacio todavía desinfectado, saturarlo hasta hacer que sea una mera entelequia.

Pero ese espacio es finito, y las bacterias no pueden reproducirse sin límites. Por eso la peste se vuelve contra sí misma, se repliega, implosiona. Se devora parcialmente, es decir: se autoorganiza. ¿No hay suficiente hueco? No importa, se canibalizan algunas cepas periféricas, se provoca una falsa guerra microbiótica, se favorece la turbulencia, se hace creer que el liderazgo está en otro lado: pero que el genoma central no quede expuesto. La cepa es sagrada. Sin ella, las bacterias aisladas estarían condenadas a desvanecerse.

Que no quede expuesto el genoma: que no se sepa nada. Que no sean públicos los datos clave, los informadores, los corruptores, los focos de infección, la relación entre A y B. Que no se sepa nada, que no afloren las pústulas demasiadas veces o en demasiados cuerpos: que no genere inquietud en el cuerpo social del cual la peste depende, al cual la peste viola. Que no se prendan las antorchas, trágicas sanadoras.

Siempre se ha dicho que los mejores portadores de peste son las ratas. Nunca he creído en Dios, pero hay que reconocer que a veces todo encaja.

 © 2013 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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