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De Calahorra a Kerkrade: ¡que suene la música!

Banda Calahorra ensayo

Aquella tarde, las nubes de tormenta amenazaba con romper hasta el mismo aire. Apelmazadas unas sobre otras, negras y pesadas, habían llegado hasta Calahorra como un mal recuerdo, como el coletazo de una tormenta aún peor que se había desencadenado Ebro arriba, afeando el final del día. Del cielo caían pesadas gotas (plop, plop), y en la calle la temperatura había descendido hasta niveles impropios de julio.

Pero dentro del Teatro Ideal hacía calor. Y yo me sentía como un voyeur contemplando a los casi sesenta músicos que se habían reunido allí, escuchando sus cuchicheos, el sonido de la madera, el metal, la cuerda, el tracatrá al coger los instrumentos y ponerlos en posición. Paredes rojas, tapices rojos. Luz cálida. Y ellos, tocando para nadie, frente al encanto misterioso de un patio de butacas (casi) vacío.

“Venga, va, ya sé que soy un pesao, pero vamos a ponernos, ¿va?”

Quien habla es Eduardo Peña, 40 años, director de la banda municipal de Calahorra. Él y sus sesenta músicos están preparando algo grande: participan en el World Music Contest de Kerkrade (Holanda), uno de los festivales de música popular más famosos del mundo. Concretamente, actuan el día 21, interpretando dos temas: ‘Seven suit for band’, obligatorio, y ‘El triángulo de las bermudas’, de elección libre y compuesto por el español José Alberto Pina. Tocarán, codo con codo, junto a bandas de Croacia, Israel, Colombia o Taiwán.

Es un concurso muy prestigioso, lo conozco desde que tocaba la trompa de crío. A raíz de ganar un concurso en Huesca, la gente se dio cuenta de que se podía competir con otras bandas, comenta Eduardo en los momentos previos a uno de los últimos ensayos. “Dentro de mi trabajo con la banda, hay que buscar retos, no sólo para mí, también para los músicos. Conseguir que vayan a los ensayos y estén motivados. Al principio, a la gente le pareció increíble, y cuando vieron que estábamos clasificados, vieron que era posible. Nos vamos a Holanda.” 

Sigo sintiéndome como un mirón. Me asomo por detrás de una columna de la platea:

kerkrade cuerpo

Observo cómo Eduardo maneja la batuta con precisión (¿qué esperabas? ¡dirige una banda!), cómo los músicos -flautas traveseras, clarinetes, xilófonos, arpa- bucean en la música, cómo son la música. Pasan de la épica a la música tradicional española, de las influencias hollywoodienses a una ruptura rítmica donde dominan las congas, xilófonos y los sonidos grabados de una selva tropical. ¡Y todo marcado por el latido de una batería electrónica! ¿Son estos los pasos hacia los que se encamina la música de banda?

El camino que se lleva es abrirse a nuevas formas de espectáculo y de música, sin dejar de lado la tradición. La banda siempre ha sido música en la calle, acompañando a la corporación municipal, a las procesiones… Ahora, las bandas tienen incluso más tirón que las orquestas sinfónicas. Se hacen muchos estrenos, muchos compositores están especializados en música de banda. La música sinfónica actual quizá es muy elitista, muy vanguardista, muy intelectual, y creo que por eso llega más el tipo de música de banda, más cercana al pueblo. Así se consigue que haya muchísimo público en todas partes. También han mejorado mucho los músicos, han pasado de desfilar a tocar en sitios cerrados, donde se escucha realmente quién desafina, quién no, donde hay mucho más compromiso por parte de los solistas. Hemos conseguido que la gente de aquí vaya a vernos al teatro, pero eso no significa que se vaya a abandonar la música en la calle”, resuelve Eduardo.

La banda, con más de un siglo de historia, se ha renovado en los últimos años gracias a la incorporación de una cantera de jóvenes músicos, que se forman en la Escuela de Música de Calahorra. Una cantera de importancia crucial: “A día de hoy, quedan diez personas de todas las que había cuando empecé a dirigir la banda. De no ser por la cantera, habría desaparecido actualmente”. Una base de músicos jóvenes que no se encasilla: tan pronto se animan a tocar zarzuela, como música vanguardista, como villancicos. Distintas músicas para distintos públicos.

Pero hoy toca hablar de un mismo viaje y una misma meta. No importa que no salga perfecto. Probablemente no sea así.

“Vamos a repetir, chicos. Un, dos, un, parabarabarabarabarabaaaam”

Importa el recorrido. Importa unir los puntos que han llevado a la banda municipal hasta aquí. Importan los guiños de complicidad, las sonrisas. Los cuchicheos. El sonido de la madera, del metal, de la cuerda, el tracatrá al coger los instrumentos y ponerlos en posición. Importa la música.

Vamos a volver hechos una piña. En estos años nos hemos centrado mucho en la música, y no tanto en los viajes, que unen mucho. La misma presión de actuar en un lugar como Kerkrade hace que sea una pequeña aventura, una aventura total. Actuar así permite ensayar de una manera poco habitual, y con ello consigues que el nivel de la banda aumente. Ahora podemos trabajar como si fuésemos una verdadera orquesta”, señala orgulloso Eduardo.

En este punto, ya no me siento escondido, ya no me siento un voyeur. Estoy dentro de las tripas: ya no soy un observador externo. Los oídos duelen dulcemente al sentir el brutal choque de los platos, el corazón se conmueve al ver cómo las manos danzan vertiginosamente, saltando sobre las teclas del piano. Desde la puerta de acceso al escenario del teatro, contemplo a la banda municipal de Calahorra mientras recoge. Han tenido que repetir un par de veces el final de una de las canciones, pero ya está todo listo para Holanda. La suerte está echada.

“Bien, chicos. Hemos terminado. Muchas gracias a todos”

Una cosa es segura: de alguna manera, ellos ya han ganado.

 © 2013 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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