Cosas que pasan/Reflexión

ETA, última estación: el desarme

01 Desarme

Foto: Miembros de la Comisión Internacional de Verificación (RTVE.es)

Desde invierno, varios rumores especulaban con que el último trimestre del año ETA realizaría una entrega de armas. Ayer, en una noticia ligeramente más completa, se daba por hecho que antes de Navidad la organización armada iniciaría el proceso, previsiblemente largo, y ante la presencia de un sólo verificador internacional: así, ETA no sólo consideraría que el Gobierno va a seguir en su posición inmovilista (aunque en realidad le corresponde una gran responsabilidad), sino que también descartaría, sorprendentemente, la presencia de instituciones vascas.

Al margen de que esto sea cierto o no, la decisión encaja muy bien en dos fechas: una simbólica y otra tremendamente práctica. La primera, el próximo octubre, momento en el que se cumplen dos años desde el anuncio del cese definitivo de la actividad armada: dos años en los que apenas ha pasado nada nuevo en torno a ETA, cuando lo que precisamente se requiere ahora es la consumación de etapas inéditas. La segunda, las elecciones europeas de mayo de 2014, a las que presumiblemente concurrirá la izquierda abertzale. Y querrá hacerlo con buenas noticias en el ambiente. El calendario, además, está condicionado por otros acontecimientos políticos, como la crisis por la que está pasando la Ponencia de Paz del parlamento vasco, o las aspiraciones soberanistas en Cataluña (y su otra cara).

En cualquier caso, lo importante es el desarme en sí: que se produzca conforme a un calendario y una metodología rigurosos, y sobre todo, que se realice teniendo en cuenta pasos posteriores en el final de ETA, como la situación de sus presos (entendiendo no sólo a los presos propios de ETA, sino especialmente a los que se han convertido por arte de magia en parte suya), colaboración en los asesinatos pendientes de resolver, el reconocimiento del daño causado, petición de perdón y su propia disolución. Por no mencionar otros cambios que deberían aplicar las FSE, como la abolición del periodo de incomunicación o los malos tratos, “legitimados” cuando la banda se encontraba activa. Como aseguraba ayer Paul Rios de Lokarri, es necesaria más que nunca la prudencia.

Por qué la presencia de un agente  internacional

ETA tiene las armas, por tanto es lógico que ETA las tenga que entregar en algún momento, e incluso que quiera entregarlas por iniciativa propia. Lo novedoso en este asunto es que lo hace de forma unilateral, al no haber recibido una respuesta positiva y firme por parte del Ejecutivo. Siempre se ha discutido mucho sobre por qué ETA no entregaba su arsenal directamente al Gobierno, sin intermediarios. Puede haber varias explicaciones al respecto. La primera de ellas, que haya una diferencia de prioridades: hasta ahora, el Ejecutivo no ha mostrado una excesiva predisposición para verificar el desarme y tiene en mente otro tipo de preferencias en política interior, mientras que ETA lleva meses hablando de hacer entregas (parciales o no) de armas. Otra explicación podría ser la inexperiencia derivada de la novedad del desarme: ni el Gobierno ha verificado nunca este tipo de procesos en ninguna organización armada, ni ETA se ha desarmado con anterioridad, con lo que podrían darse lagunas y fallos en el proceso; la tercera, que aprovechándose del clima de extrema vulnerabilidad y desconfianza de ETA, el Gobierno le exija que el desarme venga además en un “paquete” de medidas, que incluiría su propia disolución inmediata. En mi opinión, antes de que ETA desaparezca, tiene como prioridad cerrar la situación de sus presos: solamente eso, puesto que ha reconocido que el resto de aspiraciones políticas que reivindicaba históricamente se van a dirimir ahora en el juego democrático. La disolución de ETA tendrá un contenido fundamentalmente técnico.

Una organización externa que verifique el desarme solventaría los tres escollos antes mencionados: le daría al desarme una prioridad absoluta, lo haría bajo una metodología y experiencia contrastadas y sin fallos, y garantizaría una especie de arbitraje entre ETA y el Estado, lo cual sacaría al proceso del actual diálogo de besugos, donde unos hablan de presos y otros de disolución incondicional. Lo que no es de recibo es lo que señalan algunas voces: que el desarme lo verifiquen las Fuerzas de Seguridad del Estado. Es decir, una parte activa del conflicto. ETA jamás aceptaría algo así. El problema de un desarme propuesto unilateralmente por ETA es que puede ser automáticamente descalificado por el Gobierno (del mismo modo que negó en su día la legitimidad del Grupo Internacional de Contacto o la Comisión Internacional de Verificación). Sin embargo, es evidente que, en caso de producirse la entrega de armas, el Gobierno estará plenamente informado del proceso y lo seguirá de cerca e incluso se involucrará activamente, aunque públicamente lo deslegitime.

Es importante recalcar que después del desarme hay más pasos de los que hablar, que ya se han señalado antes. No pueden darse todos a la vez, pero su desencadenamiento es inevitable para cerrar este ciclo de forma sólida. El desarme es, por tanto, una bisagra fundamental en el proceso, la prueba más definitiva hasta ahora de que el final de ETA llega por fin. Pero es, a la vez, el primer capítulo de una serie de varios sin escribir. Esperemos que a partir de ahora la letra sea clara, firme y compartida.

 © 2013 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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