Cosas que pasan/Reflexión

El laberinto de Mandela

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El jueves murió Mandela. Los políticos lloran, los titulares de periódicos lloran, Sudáfrica llora. La población mundial llora, y la dignidad humana también. Incluso la Historia, esa perra irracional y sin sentido, ha empañado un poco sus taimados ojos. El jueves murió Mandela; pero el laberinto que representaba ha sobrevivido.

Hemos tenido (y tendremos) su imagen grabada a fuego en las pantallas de todo el mundo durante estos días. Se han pronunciado palabras como paz, democracia y reconciliación mientras de fondo han sonado canciones de Miriam Makeba y le veíamos a él, alzando un puño vacío, o recogiendo un premio vacío de  las manos vacías de nuestro príncipe. Mandela es un referente histórico, y el consenso en torno a esa idea ha salido fortalecido. Ahí reside el peligro.

El consenso es tranquilidad, calma chicha. Ausencia de movimiento, ausencia de tensión. El consenso representa la peor de las paces posibles. La que rasca sólo la superficie, la que se queda en la mera ausencia de violencia, la que no transforma ni revierte integralmente las deplorables condiciones de vida de millones de seres humanos. La violencia, ese virus insoportable que transmuta todo, tiene un rostro poliédrico, y su desarticulación debe ser tan minuciosa como es su diseminación.

Sin embargo, el pensamiento y la acción de Mandela siempre fueron contestatarios y rebeldes: contemplaban la violencia, y llegaron a emplearla. Cuando optó en los sesenta por liderar el MK, brazo armado del Congreso Nacional Africano, estaba iniciando un camino tortuoso de sabotajes, represión y muerte. El contexto político (en Sudáfrica y en el resto del continente negro) acompañaba, por supuesto, y para muchos no cabía otra salida que la de la rebelión. Ahí es cuando aparece el laberinto: enarbolar la bandera de la lucha armada puede ser moralmente reprobable, pero dejar las cosas tal cual están, o sea, incidir en el consenso, no es algo mucho mejor. Si pensamos en un reparto de poder entre blancos y negros en la Sudáfrica de entonces, por ejemplo, es evidente que aquello no iba a ocurrir por las buenas.

Después, ya lo hemos visto, llegaron para Mandela casi tres décadas de cárcel, mientras muchas potencias occidentales, gobernadas por muchos dirigentes que hoy le alaban, hacían oídos sordos a las demandas de liberación y de aplicación de medidas duras contra el régimen del apartheid. También vino la excarcelación, el fin -retórico al menos- de la segregación, el Nobel y el reto titánico del gobierno y la realpolitik. Reto que fue incapaz de resolver completamente los problemas de convivencia. De hecho, Sudáfrica es hoy una de las regiones más desiguales del planeta, al tener, según el Banco Mundial, un índice Gini del 63,1% (siendo la desigualdad hipotéticamente perfecta un 100%) y estando en el puesto 121 de 162 en el Índice de Paz Global 2013, editado por el Institute for Economics and Peace.

Las tensiones entre blancos y negros no han desaparecido. El laberinto, en realidad, permanece intacto. Un trabajo de convivencia como el que necesita Sudáfrica no puede depender ni de un hombre, ni de un icono, ni de una generación:  pero las claves para salir del laberinto están marcadas con fuego, en un lenguaje críptico, en sus propias paredes.

 © 2013 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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