Acción/Relatos

Un gorrión sobre el asfalto


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Fotos: Detalles de Cristo crucificado (Diego Velázquez)

Todo ocurrió el mismo día. Fue hace dos años, en abril, mientras trabajaba en un pueblo del sur como encuestador para un proyecto de mi universidad. Era cerca del mediodía, el sol ajusticiaba como de costumbre y las calles estaban desiertas. Me quedaban un par de entrevistas por hacer antes de comer, y en esas estaba, cruzando una plazoleta vacía, cuando pasó un coche negro. No recuerdo ni la marca ni el modelo, ni si iba rápido o lento. Sólo que era negro. Y entonces lo oí. Un golpecito seco. No fue gran cosa y el coche siguió su camino. Alguna piedra suelta del asfalto, pensaría el conductor. Nada por lo que detener el coche. Nadie lo habría hecho.

Cuando la polvareda se disipó del todo, ahí estaba yo, acuclillado, observando cómo aquella pequeña bola de plumas dejaba de latir y moría. Su frágil cuello, estirado. Las alas, lacias y flojas. El pico, entreabierto. Los ojos, fuertemente cerrados. Tomó una última inspiración, y el gorrión quedó rígido definitivamente antes de que se terminase de oír el runrún del coche, calle abajo.

Volví al hotel.

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Mientras terminábamos de comer, surgió la conversación:

– ¿Os habéis enterado?

– Sí, todo el pueblo habla de lo mismo…

– ¿De qué?

– ¿No lo sabes?

– No. ¿Qué?

– Un chico del pueblo, que ha muerto…

– Vaya.

– Se ha suicidado. Se ha tirado a las vías del tren, en una curva… El tren no ha podido frenar.

Más tarde, con el sol algo más oblicuo pero igual de inclemente, seguía con mi ronda de cuestionarios. A esas horas y latitudes, nadie camina por las calles y las casas permanecen silenciosas. Pero tuve suerte: una mujer subía la cuesta, hacia mí. En sus cuarenta, el paso pesado, el gesto fruncido. Más que respirar, suspiraba.

– Buenas tardes, señora, ¿tiene un momento? Estamos haciendo unas encuestas para la univ…

– No, perdone, es que no tengo tiempo, yo me… me tengo que ir.

Y se marchó, subiendo la cuesta, hacia una casa a tiro de piedra, la única que emitía algún sonido a esas horas y latitudes. Ahí me quedé, boquiabierto y pasmado, con el boli en posición de disparar, rozando el papel del cuestionario. Boquiabierto y pasmado, mientras cuesta arriba los lamentos de las mujeres del difunto, madre, parientes y amigas, se enrollaban en un ovillo y se estrujaban entre añicos. Un ovillo que yo no podía deshacer, unos añicos que no podía reparar. Ellas estaban dentro de la casa y yo estaba fuera.

Seguí trabajando.

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Con el sol por fin en retirada, y acabado el trabajo, decidí dar un paseo por el pueblo. Las golondrinas raseaban inconscientes y piaban con furia, mientras que las cigüeñas contemplaban el atardecer impávidamente, desde el campanario de la iglesia mayor. La puerta estaba abierta, y entré. A lo largo de las naves laterales, expuestos en hilera, estaban los pasos de Semana Santa. Pulcros, silenciosos, imponentes. Entre ellos, desperdigadas aquí y allá, había unas ancianas, afanadas en la limpieza de las figuras. Dos de ellas, subidas a una escalera de cuatro peldaños, quitaban con mimo el polvo acumulado entre las llagas de Cristo. Paño en mano, susurraban:

 – Pobre María, pobre María…

Me quedé mirando a Jesús en la cruz. Muriendo de nuevo, delante de su madre. Más allá, junto al altar mayor, había una figura enorme de la Virgen y el Niño, de talla tosca y oscura. La miré. Volví a mirar la cruz. El hijo y la madre, el vínculo invisible, la historia mil veces contada de la muerte y la redención. Las cigüeñas, afuera, empezaron a crotorar.

– Pobre María, pobre María…

– Con lo que quería a su hijo, y ahora… le hace esto. ¿Qué van a ser de ellos?

Las campanas empezaron a repicar. Me di la vuelta y salí. En mi cabeza, el eco de las campanas, el eco del coche calle abajo, el eco del llanto hecho añicos de la madre, el eco de la redención perdida. En mis retinas, el suspiro helado del hijo en la cruz. Las campanas repicaban, mientras yo traspasaba el umbral y me enfrentaba a un cielo añil y violeta. Las ancianas plegaron la escalera e hicieron una reverencia al Cristo agonizante. Ellas estaban dentro, yo fuera. Descendí por las escaleras de piedra, dejando atrás a las señoras que contemplaban la figura de Jesucristo, perfecto en su misterio, de una forma parecida a como aquella misma mañana yo, acuclillado, contemplaba un gorrión sobre el asfalto.

 © 2013 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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