Acción/Relatos

Casino

Cezanne_The_Card_Players_Barnes

(Del it. casino, casa de campo).

1. m. club (‖ sociedad de recreo).

2. m. Asociación análoga, formada por los adeptos de un partido político o por hombres de una misma clase o condición. Casino liberal. Casino agrícola. Casino militar.

3. m. Edificio en que esta sociedad se reúne.

4. m. Local donde, mediante pago, puede asistirse a espectáculos, conciertos, bailes y otras diversiones. Es propio de playas, balnearios, etc., y generalmente está destinado a la práctica de juegos de azar.

5. m. desus. Casa de recreo, situada por lo común fuera de poblado.

6. m. desus. Sociedad de hombres que se juntan en una casa, aderezada a sus expensas, para conversar, leer, jugar y otros esparcimientos, y en la que se entra mediante presentación y pago de una cuota de ingreso y otra mensual.

(Real Academia Española)

Luis hurgó en su cartera. Contó a ciegas las monedas que le quedaban. Dos de veinte céntimos, una de cinco céntimos, una de un céntimo.

Las colocó sobre la mesa. Apostó al rojo. Perdió.

Una sonrisa cruzó su cara. Presentía que estaba en racha. Decidió arriesgar.

Apostó un billete de cinco euros, rebujado y ensimismado. Lo hizo manteniendo esa misma sonrisa hiriente en su cara. Perdió.

Volvió a tantear su cartera, y se dio cuenta de que no era un billete el que tenía, sino dos, tres, nueve. Los dejó con mimo, sobre la pulida madera. Perdió.

Se rascó detrás de una oreja, y como por arte de magia, replegado bajo el lóbulo, apareció un talonario lleno de cheques al portador. Los rellenó, un número con muchos ceros detrás, y los apostó, confiando en su suerte. Perdió.

Sintió el peso del Swatch C.U. Black que colgaba de su muñeca. Regalo de su mujer, al año perdía un segundo el reloj. Y perdió el reloj al segundo.

Henchido de alegría, se palpó el cuello, donde se encontraba su talismán. La cadena de oro de su abuelo, fallecido años antes. También la perdió.

Eufórico, y notando a su alrededor la presencia creciente de todo tipo de curiosos de casino, echó mano de su portadocumentos. Sacó las escrituras de su casa, un dúplex recién reformado, salón de amplias ventanas con vistas al Bulevar, bañera con hidromasaje y ambientadores automáticos. Perdió, y los curiosos de casino ovacionaron la jugada.

Siguió hurgando en el portadocumentos, con las manos temblorosas por el éxtasis de éxito. Encontró el certificado original de un paquete de acciones de Repsol YPF, el mismo que periódicamente aportaba una saludable inyección de oxígeno a su futura jubilación. Cuando perdió las acciones y el portadocumentos, alguien le palmeó la espalda, pidiendo entre risas sinceras que le pasase una pizca de su suerte.

Embriagado por el calor de la victoria, se quitó la chaqueta, la camisa, el cinturón, los mocasines, los pantalones, la ropa interior. Apostó al rojo, mientras la multitud ludópata enmudecía por un momento. Una vez el crupier recogió su ropa, hecha un ovillo, los ludópatas estallaron en aplausos ante la exitosa pérdida.

Sintiéndose en la cresta de la ola, fue un paso más allá. Extendió su brazo derecho, donde tenía tatuado con tinta endeleble el artículo constituyente que aseguraba su derecho a voto. Con una cuchilla de afeitar que le prestó un cliente del casino, raspó la piel, y entregó las escamas de carne ensangrentada, instantes antes de elegir el color correcto y perderlas para siempre.

Tras recibir el abrazo histérico de una rubia, dobló la apuesta, y con la misma hoja de afeitar raspó con furia su corazón, entresacando sus recuerdos de infancia, su juguete favorito, su primer beso, el día de su graduación. La adrenalina bombeaba su alma, la sangre abandonaba su cuerpo, desde los innumerables cortes hasta el parqué. Todos sus recuerdos se perdieron irreversiblemente, fruto de una afortunada elección en la ruleta.

Mientras sus adoradores espontáneos se besaban y cogían de la mano, dobló su apuesta sin pensar. Raspó más hondamente y logró extraer, de las llagas y entre lágrimas, su rol de padre, de hijo, de marido, de amante, de hermano, de alumno, de exitoso hombre de negocios, de asalariado, de consumidor, de ignorante, de español, de ser humano. Consumada la perdición de todas aquellas identidades, quedaba despejado el camino hasta la gloria.

Faltaba un último reto antes de alcanzarla. Con gran dolor, extrajo su dignidad, adormecida, cubierta de placenta, en posición fetal. No se atrevió a cortarle el cordón umbilical, pero igualmente apostó al negro.

Salió el color equivocado.

***

La multitud calló de pronto y para siempre. Ya no se besaban, ya no se abrazaban. Las palmadas en la espalda y las palabras de complicidad se helaron.

El jefe de mesa guiñó un ojo, suavizando la repentina tragedia. “Te pudo la avaricia, Luis”. Y con un imperceptible gesto de desdén le despidió del juego.

El siguiente jugador sujetaba entre sus manos un puñado de relucientes céntimos. Estaba nervioso y parecía inmensamente feliz. Presentía que aquella sería su noche.

Imagen: Jugadores de Cartas (Paul Cézanne)

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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