Acción/Relatos

Purga

donoso escrutinio

(Del lat. purgāre).

1. tr. Limpiar, purificar algo, quitándole lo innecesario, inconveniente o superfluo.

2. tr. Sufrir con una pena o castigo lo que alguien merece por su culpa o delito.

3. tr. Dicho del alma: Padecer las penas del purgatorio.

4. tr. Dar al enfermo la medicina conveniente para exonerar el vientre. U. t. c. prnl.

(…)

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Alonso descansaba tras el enésimo fracaso. Aprovechando el momento, y con sibilina seguridad, el sacerdote, el barbero, el ama y la sobrina entraron en los aposentos donde dormitaban un centenar de universos.

Amadís, el original de Gaula, fue de los pocos en sobrevivir al holocausto. Atrapado entre sus propias páginas, escuchó, a lomos de su caballo rampante, cómo caían otros compañeros de estante. Los primeros gritos que oyó, mientras la tinta se deshacía en la pira del corral, fueron los de su propio hijo, Esplandián, así como los del resto de su linaje.

Idéntico destino recibieron Lepolemo, con su cruz y su diablo, así como el Orlando enamorado y el furioso, hermanos bastardos uno del otro. También los moros, los Pirineos, Carlomagno y un sinfín de personajes de Grecia y Roma, que se convirtieron para siempre en copos de ceniza oscura.

De poco le sirvieron al Palmerín de Oliva su inacabable gallardía, su afiladísima lanza y sus repentinas súplicas desesperadas de piedad: fue pasto del fuego. En cambio su trasunto portugués,  Palmerín de Inglaterra, tuvo como destino el perdón y como papel el de espectador de aquella inacabable purga.

Ocho anónimos volúmenes eran los siguientes. Uno de ellos, en su ciega desesperación, se arrojó al suelo. De nombre Tirante, de epíteto “el Blanco”, recibió las bendiciones de los verdugos, y pasó a ocupar el estante de la casa del vulgar barbero. Con él, también guardaron la vida el caballero Fonseca y la doncella Placerdemivida.

Agazapada entre otros volúmenes, esperando no ser descubierta, estaba la Diana, de “hermosura extremadísima”. Le acompañaban los amores cruzados de los pastores Sireno, Sylvano y Delio, unidos por única vez en la supervivencia. Despertaron la misericordia del sacerdote, quien ordenó la mutilación de algunos centenares de versos y la salvación del resto. Otros pastores no tuvieron la misma suerte, y ni ellos ni las ninfas de Henares guardaron la vida. Quien sí la salvó, pagando el precio del exilio y el ostracismo, fue La Galatea, imaginada durante el férreo cautiverio que el genio padeció en un torreón de Argel.

Todos los demás mundos, decenas de ellos, fueron destinados a la hoguera, de forma pía y clarividente. El único resto que quedó vivo fueron las eternas lágrimas de Angélica, adorada doncella, que limpiaron los tremebundos rescoldos. Mientras, innumerables personajes, inductores de la más dulce locura jamás leída, aleteaban incandescentes y apuntalaban el cielo.

Al tiempo que Alonso soñaba una disputa con Roldán, el sacerdote, el barbero, el ama y la sobrina purgaron un centenar de universos, hasta reducirlos a humo. Desparasitaron la simiente de la locura, con llave cerraron los aposentos de la demencia. Temerariamente confiados, guardaron el hogar de Alonso, y sellaron para siempre -¡ingenuos ellos!- toda posibilidad de evasión, de emancipación, de inédita derrota.

Grabado: ‘El escrutinio de la biblioteca’, ilustración anónima de Vida y hechos del ingenioso cavallero Don Quixote de la Mancha, de Antonio Sanz (1735).

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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