Cosas que pasan/Reflexión

Cuando brama el dinosaurio

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El hecho es que Juan Carlos I abdica.

Lo diré otra vez.

El hecho es que Juan Carlos I abdica.

Parecía que la vida seguía parsimoniosa, y ocurre esto. Detrás de ese dato, hay un hilo invisible que conecta este acontecimiento (sin duda una noticia histórica) con otros más mundanos. Al igual que en una marea donde las olas se empujan unas a otras, rompiéndose y fusionándose, la decisión del rey no ocurre en el vacío. Tras toda una vida oscura en el poder (repartida entre la jefatura del Estado y el aparato franquista) la salida viene marcada por una serie de escándalos relacionados con la Casa Real, donde la sombra de la corrupción le ha terminado por degradando. A eso hay que sumarle causas relacionadas con su estado de salud, que se ha visto puesto a prueba en los últimos años por sucesivas operaciones.

***

Esto es, más o menos, el hecho. Ahora viene el relato.

El relato es que España está atravesando una etapa de intensos cambios.  Si seguimos el rastro invisible, detrás del anuncio del rey veremos los disturbios en Can Vies, los resultados de las elecciones europeas, el asesinato de Isabel Carrasco, los sucesos de Gamonal, las sucesivas marchas, las irregulares huelgas, la difusión de la incertidumbre, la protesta colectiva del 15-M, la deplorable legislación de las dos últimas legislaturas… y la crisis, esa broma estructural que permanece intacta.

Leer estos hechos aislados como parte de un conjunto mayor, de un relato, es una tarea artificial, pero sólo parcialmente. La historia no es un cuento, no tiene un final feliz ni moraleja. Pero sus actores, y todos lo somos, estamos inevitablemente conectados. Y siempre se puede contar lo que pasa.

Pero, espera un momento, ¿que Juan Carlos abdique implica un vacío de poder?

¡No por cierto! El poder sigue ahí. De hecho, la jefatura del Estado se va a trasladar a Felipe de Borbón, Rajoy ha comentado que la sucesión se va a llevar en un clima de “absoluta normalidad institucional”. Alguien le tendría que explicar al presidente del Gobierno que las instituciones siempre beben de las sociedades de las que provienen, y que lo que está viviendo la sociedad española no es precisamente normal. Por si no ha quedado claro unas líneas más arriba: la convulsión social ha aumentado.

Las posibilidades que se perfilan para la semana calentita que se avecina son dos. Básicamente: de golpe y porrazo aumentará el apoyo a un personaje concreto, Felipe de Borbón, que encarnará el rejuvenecimiento borbónico que “España necesita”, y a la vez aumentarán los debates públicos sobre la abolición o el mantenimiento de la monarquía. Aunque todo ocurra según el guión previsto, este paso de corona va a resaltar una estructura muy concreta de oportunidades políticas: la que pretende la llegada de una III República a España.

El discurso republicano lleva muchos años ahí, acentuado por la aparición de los numerosos escándalos de corrupción que han terminado de desgastar la imagen de una institución totalmente ajena a su tiempo. No sólo eso, sino que ese discurso puede verse perfectamente complementado y fortalecido por propuestas recientes que demandan una democracia más transparente y participativa, ajena a los mastodónticos poderes tradicionales. Como diría Julio Anguita, no vale cualquier república.  Algo me dice que hablaremos de la luna, y muchos se centrarán en lo guapo, apuesto y culto que es el dedo nuevo que nos van a imponer. Pero el debate será apasionante y encendido. Quizá peque de ingenuo, pero ojalá conlleve algún tipo de revolución política. Las probabilidades son ligeramente superiores a hace unos meses. No descarten movilizaciones sociales en los próximos días.

A corto plazo, las consecuencias más inmediatas son el desplazamiento mediático de Podemos (que al ritmo de noticias que llevaba, estaba llamado a convulsionar más aún el normal funcionamiento del sistema político, cosa que no interesaba a ciertos sectores), y la invocación desmedida de los valores de la Transición, que se van a re-fundar y convertir en una especia de Segunda Transición. Pero no la que lleva años demandando una parte considerable de la ciudadanía española, con más democracia.

No. La Segunda Transición que se pergeña en el horizonte, la que está matando a ciertos tótems del s. XX, tiene la forma de un dinosaurio enorme, lento, pesado, de feroces fauces, que bramando domina la agreste llanura. Y ese dinosaurio brama, y es colosal, y sus pisadas aplastan a multitud de inocentes. Pero posee una visión miope y un cerebro simple y escaso de interpretación. Incapaz de entender el irregular movimiento de aquellas manadas de roedores subterráneos que heredarán la Tierra, allá abajo, o el significado de esos brillantes meteoritos del cielo, allá arriba.

Y la vida seguirá con su parsimonia.

Imagen: Carta de abdicación de Juan Carlos I al Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (Casa Real)

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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