Acción/Relatos

Botánica

Manet-Edouard-Manet-La-Comida-en-la-Hierba

(Del lat. botanĭca, y este del gr. βοτανικήde βοτάνη ‘hierba’).

1. f. Ciencia que trata de los vegetales.

2. f. P. Rico. Sitio donde se venden hierbas medicinales.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Anna era polaca y cada tarde, después de salir de trabajar, acudía al Parque del Retiro a leer. Aquel día guardaba en su bolso La furia inerte, el aclamado ensayo de Gustavo Planck, argentino de ascendencia alemana. Buscó un banco aislado, cerca del Paseo de las Estatuas, y retomó su actividad reflexiva justo donde la había dejado la tarde anterior: página cincuenta y tres, línea siete, primer punto y seguido. Los pájaros piaban al inicio del verano, la brisa mordía cada vez con menos intensidad. De pronto, Anna detuvo su lectura. Un extraño objeto, oscilando ligeramente bajo las enredaderas que quedaban por encima de su cabeza, llamaba su atención. Estiró la mano, despejó la tupida malla vegetal y la vio. Era la punta de una bota. Una bota de madera tosca.

– ¿De madera, abuelo? – preguntó la niña con gesto sabihondo.

– ¡Bueno, en realidad no! No era de madera, sino de raíz. Aquella bota estaba hecha de pura materia vegetal.

– ¿Y quién hace botas de raíz, abuelo?

– Eso es un misterio. Yo creo que las botas de raíz no se hacen, sino que se transforman. Simplemente la bota se volvió así.

– Pero, ¿de quién era aquella bota?

Anna leyó unas iniciales en la suela, grabadas quizá con algún basto cuchillo de afilada punta: M.R.C. No había nada más. La bota era sorprendentemente liviana, olía a humedad intensa y dejaba rastros de tierra en las palmas de su mano. La había visto por primera vez la tarde anterior, pero por una mezcla de susto y pudor fue incapaz de desenterrarla completamente de su celda de hiedra. Al no poder olvidarse de aquel fortuito descubrimiento, su mente no quedó tranquila hasta que no regresó de nuevo al Paseo de las Estatuas, al día siguiente. Ahora, con la bota en sus manos, descubrió que algo más pendía de la frondosidad. Era la pernera de un pantalón. Con el corazón sobrecogido, Anna palpó la tela, firme y concienzudamente tejida, y no logró acertar el material.

– ¿De qué estaba hecho el pantalón, abuelo?

– De rizoma, cariño.

– ¿Riqué?

– Rizoma. Es una especie de raíz que crece en horizontal.

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Aquel pantalón parecía firme y liso pero, observado con detenimiento, a la luz de las velas, mostraba una estructura caótica, llena de costuras y remaches. Una estructura rizomática, sin principio ni final, que cruzaba desde la cintura hasta el dobladillo, dando la vuelta por la entrepierna, por la cruzada de la rodilla y terminando en la línea de la cadera. Anna se había llevado a casa la pieza entera, bota incluida. Resultaba imposible adivinar dónde empezaba y dónde terminaba la tela. Anochecía, y justo entonces, del bolsillo izquierdo se desplomó un pesado y fragante objeto.

– ¿Qué se cayó del pantalón, abuelo?

Anna irrumpió en la habitación, cayendo abruptamente desde el techo. Se incorporó, con el gesto aterrado. El pelo estaba enmarañado, y sus uñas, ennegrecidas por la tierra. Sujetaba algo entre sus manos.

– ¡Un corazón! ¡Mirad, es un corazón!

– Anna, ¿cómo has llegado aquí? – quiso saber la niña.

– A través del rizoma. Vi una costura, rasgué, y me he desplomado de pronto. ¡Tenéis que ayudarme! ¡He encontrado esto! ¡Un corazón humano! ¡Estaba en el pantalón que encontré en El Retiro hace dos días!

– Pues a mí me parece una piña – dijo el abuelo.

Anna lo miró otra vez. Sin duda, era un corazón. De rojo intenso, como las cerezas, veteado y más grande que la palma de su mano. Olía a verano.

La niña se había quedado dormida.

– ¡Es un corazón! ¿No lo ve? Debe ser del tal M.R.C. ¡Tiene que ayudarme a esconderlo! Si la policía se enterase… y nosotros somos cómplices, ¿verdad? ¡Los dos sabemos lo que ha pasado! ¡Les he estado oyendo cuchichear con cada cosa que descubría!

El abuelo alzó la mano con gesto apaciguador.

– No hay de qué preocuparse.

– ¿Cómo dice?

– Que no hay motivo para estar tan inquieta. La niña duerme. Se terminó por hoy. No habrá más descubrimientos.

– Pero, ¿y mañana…? – Anna estaba petrificada.

– Mañana, mañana, mañana. ¿Qué es eso? Quizá le esperé un nuevo y apasionante hallazgo que resuelva el misterio, o quizá le espere el calabozo. Yo no lo sé. Él sí -señaló al pesado libro que descansaba en su regazo: 100 cuentos botánicos, de Lionel Humboldt. Un clásico del siglo XX-. Ahora, ya es tarde. Un cuento no puede seguir si nadie está ahí para escucharlo. Tiene que marcharse. Relájese. Retome su libro, olvide lo de ese corazón humano. Vuelva a la página cincuenta y tres, línea siete, primer punto y seguido de La furia inerte. Disfrute cada página. Yo ahora tengo que cerrar ésta. Buenas noches.

Cuadro: Almuerzo sobre la hierba (Édouard Manet, 1863).

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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