Cosas que pasan/Reflexión

La chica de ACNUR

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El otro día me paró una chica de ACNUR por la calle.

– ¡Hola! Perdona, ¿podrías decirme qué es esto?

Tenía en sus manos un paquetito envuelto en papel brillante. Me lo pasó, y yo lo sujeté entre mis manos. Contenía una pasta fofa en su interior.

– Puedes aplastarlo, sin miedo.

Tratamiento alimenticio Plumpy Nut.

– Aquí pone Tratamiento alimenticio.

La chica se llamaba Natalia, había estudiado Magisterio, o algo parecido, y estaba captando socios bajo un sol impertubable. Era día de mercado, había mucha gente yendo y viniendo. Me preguntó si estaba interesado en hacerme socio.

– Mira, en su día fui socio de tres organismos, incluyendo a ACNUR, y he sido voluntario en unas cuantas ONGs… pero no puedo ayudar a nadie económicamente, hoy por hoy.

– ¡Pero si es una cuota muy barata! En tres meses cubrirías el tratamiento con este complemento. Lo podría disfrutar un niño de Gaza, por ejemplo. O de Ucrania. Cualquier víctima de cualquier guerra, por menos de lo que te gastas en ropa una tarde o saliendo de copas.

– Seguro, pero de verdad, voy fatal de pasta. No podría ser socio durante mucho tiempo…

– Con nosotros puedes darte de baja en cualquier momento. Sin compromiso.

– Ya, es que ése es otro problema. No me gusta estar hoy, y mañana ya veremos, sólo porque haya una guerra o una catástrofe que esté de moda. Tendríamos que militar en estas cosas de una forma mucho más constante, y no por rachas. Yo, ahora mismo, no puedo garantizar ayudaros más allá de octubre. Y no quiero eso. Lo siento.

Y me marché, dejando atrás a Natalia, al resto de voluntarios que, en día de mercado, caminaban en círculos y a los viandantes que, también en círculos, trataban de darles esquinazo.

Me marché, y empecé a pensar.

Pensé en los tres meses que cubrían un tratamiento con Plumpy Nut para un solo niño.

Pensé en los segundos que tarda un caza israelí en reventar a decenas de chavales en una escuela cualquiera de Gaza.

Pensé en los millones de personas que, pudiendo ayudar, ni siquiera lo intentan.

Pensé en esos otros millones de personas que, aun intentándolo con absoluto denuedo, permanecen perennemente derrotados, como el navegante frente a la marea.

Pensé en todas las potencias, más o menos militarizadas, que siguen aplastando cuerpos, masacrando impulsos de emancipación, torturando la -todavía hoy, inabarcable- dignidad humana al ritmo marcado por unos intereses difusos en los despachos, pero concretos e hirientes en los hogares.

Pensé en la propia ACNUR, agencia perteneciente a la ONU y hasta cierto punto necesaria, poseedora de voz pero no de voto en distintos foros internacionales.

Pensé en toda esa constelación de organizaciones no gubernamentales y asociaciones civiles que ni siquiera tienen voz, que sólo pueden optar a realizar un proyecto discontinuo y precario.

Pensé, una vez más, en la trampa del parcheo biempensante. En la supuesta buena conciencia, auténtico cigoto del mal.

Pensé en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el presunto único organismo que puede autorizar intervenciones armadas legítimas ante casos de conculcación de derechos humanos y que gracias a, entre otras cosas, el derecho a veto de sus caducos miembros permanentes, permite y ampara el surgimiento de la violencia, abriendo el camino a una lógica perversa de crímenes consumados.

Pensé que el problema era estructural, y luego pensé que era individual. Concluí que todo era el mismo problema. Extendido, acumulado, diversificado.

Pensé en mi propio miedo. Pensé en mi propia pasividad.

Pensé, pensé, pensé.

Sólo pude dejar de hacerlo cuando, de pronto, quedé atrapado en una incómoda telaraña: aquélla en la que se aloja la terminal sensación de que, se elija la opción que se elija, ya sea hacer caso a la chica de ACNUR o no hacerlo, nada sirve de nada en un mundo movido por la fuerza pura.

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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