Apuntes/Reflexión

El pacifismo jamás resolverá nada

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Estudio la paz y los conflictos. Muchas personas de mi entorno lo saben, y no son pocos los que me preguntan:

Oye, y lo tuyo, ¿pa qué es?

No es una pregunta que tenga una fácil respuesta: cuando contesto parece que dudo o me voy por las ramas.

Muchos coincidimos en que nuestro mundo (desde la intimidad del hogar hasta la inmensidad del globo) está marcado por los conflictos, y que éstos aparecen en varios niveles. Sin embargo, no necesariamente toda situación conflictiva ha de ser negativa o violenta: los conflictos manifiestan contradicciones en los intereses de un grupo, sí, pero también oportunidades abiertas para adoptar soluciones creativas e innovadoras.

Breve historia imprecisa

El pacifismo, por definirlo de alguna manera, es una forma de pensar e intervenir en los conflictos de forma positiva: garantizando las potencialidades, derechos y libertades de cada persona, en un marco de dignidad humana. Las influencias históricas del pacifismo son muy variadas. Desde la noción del mundo basado en la discordia, defendida por Heráclito, hasta los estudios actuales de Lederach Galtung, pasando por la justicia aritmética y geométrica de Aristóteles, el budismo, el Nuevo Testamento, la dialéctica hegeliana o el pensamiento práctico de Hannah Arendt, se ha ido creando un sustrato sólido y fértil en lo teórico, pero algo árido y débil en lo práctico.

En cualquier caso, es un error pensar en el pacifismo como una argumentación elaborada del “to er mundo e güeno”. No. Como diría Vicenç Fisas, el pacifismo no es una idea blanda o angelical.

No es hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando las instituciones supranacionales, conscientes del terror sufrido las décadas anteriores, difunden y regulan públicamente los derechos humanos, centro de gravedad de todo pensamiento pacifista a partir de ese momento. A la vez, establecen una serie de protocolos para defender la seguridad y la paz en el planeta. Por desgracia, esa buena voluntad quedó bloqueada de facto en incontables ocasiones, gracias a los numerosos conflictos armados que se produjeron durante la Guerra Fría, inmersa en una red de intereses demasiado densa y confrontada.

Mientras tanto, expresiones de acción colectiva tomaban el espacio público para revertir situaciones de confrontación a nivel cultural o estructural: es el caso, por ejemplo, del movimiento por los derechos civiles de los EEUU, o también el la no-violencia de Gandhi durante la descolonización india. Las enseñanzas derivadas de estos y otros casos contribuyeron a los distintos pacifismos repartidos por el mundo.

Así las cosas, en las décadas de los setenta y ochenta se produjo un florecimiento del movimiento pacifista, consolidado por lo general (pero no sólo) en naciones ricas, algunas de ellas con un fuerte Estado del Bienestar, como los países escandinavos. Negándose a residir únicamente en el terreno de los movimientos sociales, el pacifismo ha anidado en nichos muy diversos: fundaciones, universidades, institutos de investigación, partidos políticos, lobbies… por su parte, las agrupaciones colectivas también se han diversificado. Hay colectivos no-violentos, antimilitaristas y objetores de conciencia, a favor de la abolición de los armamentos, etc. El sector civil del pacifismo es diverso, atomizado, fluido. Y también débil, dependiente de una militancia cada vez menos constante y más ligada a coyunturas pragmáticas y de una sociedad que se acerca al movimiento pacifista desde prejuicios excesivamente benévolos.

tumblr_ma2u69lgwM1rtr3kno1_500El pacifismo según algunos

Crítica condensada

El problema es que este pacifismo jamás resolverá nada. Por muy nobles que sean sus intenciones, donde más se ha afianzado es en el seno de sociedades más o menos estables. Paradójicamente, los países desgarrados por la guerra, aquéllos que más necesitan la paz, no tienen tiempo para pensar en cómo transformar su traumática situación fuera de la acción violenta: están centrados en sobrevivir.

Pero hay más. El pacifismo, como dice Juan Manuel de Prada, pretende, ingenuamente, que todo el mundo viva con las condiciones de vida de dichos países estables y fundamentalmente occidentales. Sin embargo ocurre que, precisamente ese Occidente falsamente pacífico, que ha prevalecido como un luminoso ejemplo a seguir en la historia del mundo subdesarrollado, es un fundamental promotor, por acción u omisión, de la miseria de miles de millones de personas. Un Occidente que, Frantz Fanon dixit, baila entre la “desintegración atómica y la desintegración espiritual”, no puede ser oráculo de nadie.

Consideremos que se puedan garantizar unas condiciones de vida dignas, justas y que no violenten las potencialidades de los sujetos. Para ello habría de producirse, necesariamente, un mejor reparto en las fuentes de riqueza, tanto materiales como inmateriales, con las repercusiones directas en el sistema económico, político y cultural hegemónico. En otras palabras: sería imposible que el presente modo de vida, basado en el consumo (o en el anhelo de consumo) y en la acumulación de capital (o en el anhelo de acumulación de capital) pueda, de pronto, abrir sus compuertas y extender su riqueza de forma equitativa. Pura matemática.

La clave del capitalismo es la acumulación y la concentración. Le va fantásticamente bien con ello. A lo largo de la Historia, ha sabido desarrollar mecanismos ideológicos y tecnológicos en esa dirección. Acumular por un lado es excluir por otro. Por su parte, la clave del pacifismo es la de la expansión multidireccional de la democracia y la justicia. No pienso sólo en la democracia formal.  La democratización ha de producirse por arriba, al nivel de las instituciones supranacionales, y por abajo, fomentando el burbujeo civil, la democracia directa y participativa, el asociacionismo… y llenar todo ese espacio, claro está, con aspiraciones de transformación social pacífica. En el límite, y aunque les pese a algunos, pacifismo y capitalismo son ideas contrapuestas y antagónicas.

¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién será capaz de cortar este nudo gordiano? Intentarlo es la verdadera tarea del pacifista. En un mundo con un capitalismo cada vez más insoportable y un pacifismo cada vez más soñado,  la contradicción ha de ser abolida cuanto antes, o los agujeros negros  que con tanto mimo han sido cebados a lo largo de los siglos terminarán por absorberlo todo.

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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