Acción/Relatos

Elizalde / Ex Aequo

dubuffet8

ex aequo.

(Loc. lat.; literalmente, ‘en pie de igualdad’).

1. loc. adv. En una competición o en un concurso, en pie de igualdad para compartir un premio o una posición.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Elizalde tenía una hermana melliza.

Elizalde tiene una hermana melliza.

Y le había tocado un premio.

A ti también te tocará pronto, querida.

Elizalde sentía que miraba su reflejo desvirtuado cuando observaba a Elizalde. Superficialmente, todo seguía igual. La misma piel blanca, los mismos ojos oscuros, los mismos hoyuelos, las mismas pecas. Pero por dentro, la estructura era distinta. Por dentro, todo se derrumbaba de vez en cuando.

¡Qué tontería! ¡Si todo va fenomenal por aquí!

Desde sus ojos azabache, Elizalde no podía zafarse del miedo que se tumbaba con ella, en el sofá, cada día después de comer. Un miedo bien conocido, cortante como una navaja y penetrante como un xirimiri. Un miedo con el que iba de compras los sábados.

¡Recuerda que las rebajas empiezan la semana que viene, Eli! 

Un miedo con el que, de niña, jugaba a las cartas en el pueblo.

¿Recuerdas aquella partida a la brisca en la que perdí y amenacé con matarte hasta desgañitarme? 

En aquel entonces, al pueblo iban sólo los veranos. Ahora habían vuelto para quedarse indefinidamente. Elizalde cuidaba de Elizalde.

Lo decía en serio. Totalmente en serio. Quería hacerlo. Quería matarte.

Habían vuelto al norte, al encuentro de Oiasso. Sólo salían de ahí un par de veces al mes, para comprar medicamentos, para hacerse algún escáner, para ver al especialista. Vivian solas. No tenían cuadrilla. No tomaban potes. No iban a la Casa del Pueblo, ni tampoco a la herriko taberna. Pasaban las horas en el huerto, y ambas lo cuidaban con mimo. Las tomateras estaban a rebosar, y tendrían que recolectarlas pronto.

Me encanta cuidarlas. Soy muy maniática respetando la distancia entre las cañas.

Es cierto, lo era.

Es cierto, lo soy.

Pero Elizalde no era creyente.

Es cierto, no lo soy.

Sin embargo, su hermana sí.

Y no lo entiendo. No sé por qué se ha vuelto tan mojigata de pronto. Con lo que le gustaba la fiesta.

16 novembre 2010 canon 2 005

Elizalde iba a la iglesia -enorme, recia, de piedra oscura- cada día, mientras su hermana regaba los tomates. Le gustaba la quietud, le gustaba el olor a madera vieja. Le gustaban los ecos del imponente órgano y la talla exquisita del púlpito.

Aham, sí.

Pero, por encima de todo, lo que más le gustaba era sentir el consuelo de Dios.

Aham, aham, aham.

Esperaba recibir una respuesta, un salvoconducto para ese maldito premio compartido.

Tengo malas noticias, Eli.

Esperaba una respuesta, una pista para seguir, un remedio, un consuelo.

Somos iguales, Eli.

Algo que la mantuviera a salvo de aquello.

Tú también la tendrás. Tú también la sufrirás.

Algo que la mantuviese cuerda.

¡Así no estaré sola!

Algo que mantuviese intactas las trincheras.

Recuerdo cuando aquellas piedras cambiaron de color. Gris, azul, violeta, naranja, blanco, fucsia, naranja otra vez.

Cuando abandonaba la iglesia, el miedo y los roedores volvían. Elizalde vivía con miedo.

Recuerdo cuando sentía el universo entero dentro de mi cabeza, comprimiendo mis ideas.

Con mucho miedo.

Recuerdo cuando me desorienté en la habitación, de noche, y confundí la ventana con la puerta.

Elizalde cerraba la puerta de su habitación con pestillo, pero siempre terminaba desbloqueándola. Tenía miedo a que Elizalde tratara de hacerle algo, pero más miedo todavía que Elizalde se autolesionara.

Recuerdo saltar por la ventana. El aire fresco de madrugada. Recuerdo correr hasta la extenuación, tumbarme en una campa, y quedarme dormida.

Pero un día Elizalde le trajo un ramo de flores, y fue Elizalde la que empezó a recordar por qué quería tanto a su hermana.

Margaritas, guisantes silvestres, correhuelas y dientes de león. Tus favoritas. Eso también lo recuerdo.

Aquella noche, mientras Elizalde dormía y ella desbloqueaba la puerta, recordó lo bien que interpretaba a los personajes que le asignaban en el teatro del colegio. Recordó lo bien que mentían a la ama cuando planeaban escaparse a hurtadillas para compartir un cigarrillo a medias con sus ligues de adolescencia. Recordó los dos paquetes y medio que Elizalde se fumaba diariamente. Recordó aquella tarde de agosto en el pueblo, hace muchos años, cuando cayó aquella tromba de agua y Elizalde bailaba y reía descalza, bajo la lluvia, sola. Aquellos destellos geniales de libertad que sorprendían a todos, eran en realidad la simiente de la enfermedada, grabada a fuego en los genes, usurpadora de emociones, carcoma de su mente. Quizá, algún anochecer de estos, Elizalde se marchase para siempre. Quizá Elizalde volviese algún amanecer.

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En ese preciso momento, llegaba otro por enésima vez. Era el tiempo de la esperanza. Para Elizalde. Para cualquiera.

…y las gramíneas arañándome los brazos, y los perros ladrando pétalos de rosa, y las nanas afiladas como cuchillas de miel, y los terremotos separándonos, a la una de la otra, y a mí del resto. Y las tardes enteras tumbada en la cama, oyendo la radio, sonaban rancheras, rumbas, sonaba Mikel Laboa, y hasta alguna canción grunge de vez en cuando, canciones absurdas cantando sobre cosas absurdas, como el amor, los curas, los impuestos, o las pinzas de tender la ropa.  Y machacar a aquella sucia mojigata a puñetazos, y después de pedirle perdón, pero no sentirlo realmente, y luego romperte los huesos de la mano contra la piedra del puente, aún veo el lugar, aún oigo el ruido del agua, el croar de las ranas, el piar de los pájaros y el crujir de mis huesos. Y oigo los coros, y recito los salmos, y admiro las piedras preciosas, y suena el chinchín de las cucharas en el salón, y el runrún del agua en el caldero, y yo sigo oyendo la radio, sigo saltando por la ventana, sigo pegando a esa pobre chica porque no puedo más, porque no entiendo, porque no hay nada que entender, porque las caricias son absurdas, el altar es absurdo y mi cabeza, albergando estas ideas también lo es…

Terminó el amanecer, y Elizalde fue a despertar a su hermana. Había que recoger tomates.

¿Qué coño quieres?

Era la hora de la esperanza, Elizalde quería a su hermana melliza con toda la intensidad que podía soportar.

Y yo, pese a las grietas, también te quiero a ti.

Cuadros: Diferentes ejemplos de art brut.

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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