Acción/Relatos

Nectarina

1280px-Paul_Cézanne_179(Quizá del fr. nectarine, y este del ingl. nectarine).

1. f. Fruta que resulta del injerto de ciruelo y melocotonero.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Iba siendo hora de que él reconociera, siquiera en su fuero más interno, que lo que hacía era toda una ceremonia.

Primero, por la hora. Esperaba hasta la una de la madrugada para comenzar. Ni un minuto más, ni un minuto menos.

Segundo, por el recorrido. Salía de su habitación, recorría el pasillo, entraba en la cocina, acercábase al frutero y elegía una fruta al azar. En aquella época, agosto, abundaban las nectarinas. Agarró una, de brillo polimérico, y desanduvo el camino.

Tercero, por la canción elegida. Enchufaba sus auriculares, abría Spotify, tecleaba en la caja de texto “all my little words magn”, y hacía click en el primer resultado.

All my little words

The Magnetic Fields

Cuarto, por el lugar. Sentado sobre el escritorio, mirando a través de la ventana abierta. La quietud de las noches era sobrecogedora: las aceras callaban, los árboles callaban, la luna callaba.

Quinto, por los recuerdos elegidos. Cinco rostros, cinco historias, cinco mundos inmensos que se agotaban en un suspiro.

Suspiró; y apoyó los dientes sobre la superficie de la nectarina, jugueteando con ella antes de lanzar la primera dentellada. En cuanto la abismal garganta de LD Beghtol inició su temblor, notó cómo sus entrañas desaparecían poco a poco, transformándose en hondas espiraciones.

“You are a splendid butterfly, it is your wings that make you beautiful…”

Con el primer bocado, se dio cuenta de que la fruta era medio dulce, medio ácida; su tiempo todavía no había llegado. Él estaba medio alegre, medio triste. Pensó en Alexia, en su humor cínico, en su larga melena. Pensó en todas las veces que recibió su ayuda, especialmente aquella tarde lejana, cuando el teléfono sonó, revolviendo los cimientos de su vida y obligándole a emprender el camino, solo.

“…but I could never make you stay. Not for all the tea in China…”

Mientras tragaba el primer mordisco y se preparaba para el segundo, sus labios resbalaron por la lisa superficie. La nectarina no se dejaba atrapar. Tampoco Berenice se dejaba coger fácilmente. Tan pronto aparecía puntual, subiendo las escaleras mecánicas del metro, como desaparecía sin dejar rastro, sin apenas avisar, en cuanto tenía cinco minutos para liarse un cigarrillo. Pero una vez él logró acostarse con Berenice, y su tacto era suave. Aquella lejana noche no durmió. Aquella lejana noche se sintió victorioso.

“…it doesn’t matter what I’ll do, not for all my little words…”

El tercer bocado le inyectó, sin misericordia y a un mismo tiempo, la fragancia del fruto y el recuerdo de Cándida. Ella siempre usaba una misma colonia. Era previsible para todo: la música que escuchaba, las películas que veía, su lista de libros favoritos, sus barrios predilectos para salir a cenar. Jamás profirió improperio alguno. Sin embargo, besaba escandalosamente bien. Cándida ansiaba salir de su casa del extrarradio, pero sus trabajos a tiempo parcial no se lo permitían. Un día, se perdieron en el laberinto de setos. Allí, olvidados entre turistas y tapados bajo el arrullo de la cascada, se abrazaron por última vez. Hasta ese momento, no había vuelto a sentir lo mismo.

“Now that you’ve made me want to die, you tell me that…”

Separó su boca de la sangrante nectarina, y contempló su interior. Cortada con sus dientes de forma automática e imperfecta, el fruto se asemejaba a la espléndida visión que tuvo una tarde con Dulce, en el museo de arte contemporáneo. Después de dos horas caminando por eternos pasillos salpimentados con insulsas pinturas de artistas de apellido impronunciable, salieron al bullicio urbano y compartieron un chocolate con churros en su tugurio favorito. Dulce jamás se desprendía del collar que heredó, una alhaja de plata de ley rematada por una diminuta imagen de alguna virgen católica. Tampoco se le olvidaba robarle un churro mientras él miraba su teléfono móvil. Llevaban muchos años siendo felices, y eran más los que les aguardaban con expectación. Sin embargo, esa felicidad no evitaba que él pensara en sus otras amantes pasadas.

“…not if I could sing like a bird, not for all North Carolina, not for all my little words…”

El quinto bocado sonó como un desgarro, bastante similar al ruido que hacían al abrirse los sobres que Elvira le enviaba desde la otra orilla del océano. Una vez le mandó un poco de arena blanca. Otra vez, una fotografía desde su balcón. Otra vez, llegó un paquete con mapas y cuentos de príncipes y princesas. Las sorpresas de Elvira siempre venían apadrinadas por un empleado de Correos y llegaban con frecuencia aleatoria. Pero las cartas alcanzaban, infalibles, su destino, escritas en papel reciclado, con las letras siempre inclinadas de la misma manera. Aquellas misivas eran releídas una y mil veces, pero jamás sustituían la ausencia de aquella persona que había decidido volver para enmendar unos asuntos personales. Al final de cada carta, antes del poema que ella siempre se inventaba, Elvira prometía que escribiría de nuevo. Cumplió, hasta que dejó de hacerlo. Era muy triste cuando las tradiciones se volvían en nuncas. Lo último que él supo es que Elvira pretendía viajar al norte y ser feliz.

“…not for all my little words.”

Entonces, llegó al hueso de la nectarina, muy amargo y rugoso. Sus incisivos trataron de hender la realidad. Las cuerdas del banjo vibraban por última vez. La canción terminaba, la ceremonia se desvanecía. Su mente iba a la velocidad de un cohete.

Iba siendo hora de que él reconociera, siquiera en su fuero más interno, que tenía un problema.

Cuadro: Bodegón con manzanas y naranjas (Paul Cézanne, 1895-1900)

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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