Acción/Relatos

Lapa

suec3b1o-causado-por-el-vuelo-de-una-abeja-alrededor-de-una-granada-un-segundo-antes-del-despertar-gala-y-tigres

lapa2.

(Del lat. lappa, lampazo).

1. f. Molusco gasterópodo, de concha cónica con abertura oblonga, lisa o con estrías, que vive asido fuertemente a las rocas de las costas. Hay muchas especies, todas comestibles, aunque de poco valor.

2. f. lampazo (planta compuesta).

3. f. Persona excesivamente insistente e inoportuna.

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— Pero bueno, ¿tú otra vez aquí? – preguntó el abuelo.

— ¡No se vaya, por favor! ¡Por favor!

Anna llevaba una semana atrapada en la estructura botánica. Tenía las manos manchadas de tierra, y la frente desprendía la fragancia del césped recién cortado. Su vestido, unos días atrás primaveral, había perdido su brillante colorido, y se había tornado parduzco y hostil. Cada jornada anochecía más pronto. Cada jornada el cuento se retomaba con mayor antelación.

— Hoy he encontrado… esto.

Anna hurgó en su bolso. Apenas rozó con los dedos el grueso lomo de La furia inerte, el aclamado ensayo de Gustavo Planck, argentino de ascendencia alemana, y unos centímetros más allá, entre los cachivaches de siempre -y eso incluía un pintalabios y un espejo, pero también una bota de raíz, medio pantalón de rizoma y un corazón humano de color rojo cereza-, logró asir el último descubrimiento. Lo extrajo del bolso, no sin dificultad.

Una mano. Cercenada limpiamente por la muñeca, era grande y amplia, como una Elaeis guineensis; indudablemente, pertenecía a un varón. Uno de los dedos tenía insertado un anillo de oro envejecido por el tiempo. Los dedos pulgar, índice y corazón estaban convenientemente plegados, sujetando una lujosa pluma estilográfica.

— ¿Por qué me enseñas eso? – inquirió el abuelo.

— Porque usted me trae aquí cada día.

— No, yo no. Es el cuento. Yo me limito a leerlo.

— Bueno, ¡pues deje de leerlo!

— ¡Ay, cómo se nota que no tienes nietos! No puedo hacerlo. Clara me mataría. Hay que terminar el cuento, ése y los otros cincuenta y tres que nos quedan en el libro. Conozco a la gente como usted. Personajes perdidos, que andan deambulando, entrando y saliendo de la ficción, con sus problemas de cuento. No son de verdad. No conocen los problemas reales. Ya ve usted, encontrarse pedacitos de persona en el Parque del Retiro. ¡Es peor tener una mala pensión, como me pasa a mí!

— ¿Personajes? ¡Yo no soy un personaje! ¡Soy alguien de carne y hueso!

— Claro, claro, tú y yo somos iguales – el abuelo reía a mandíbula batiente-. Escucha, no tengo tiempo para chistes. Tengo que hacer unos recados, y dentro de un rato se hará de noche y tendré que seguir con la lectura. Imagino que aparecerás por allí con tus impertinencias. ¡Hasta luego!

– ¡No, esper…!

El abuelo se dio la vuelta, y Anna desapareció.

***

El bolso de Anna yacía sobre el suelo polvoriento. Unos metros más arriba, entre las enredaderas cercanas al Paseo de las Estatuas, en el Parque del Retiro, Anna buscaba con desesperación, hasta hacerse sangre en las manos. Encontró un sombrero de pirata, una varita mágica y el traje de Superlópez. También estaba Ryuu Shinchuu, la bola de dragón de seis estrellas. Pero nada más.

— ¿Una bola de dragón? ¿Qué es eso? -preguntó Clara.

— Pues unas bolas naranjas, con estrellas dibujadas, que cuando se juntan y se dicen unas palabras mágicas, aparece un dragón enoooorme, de color verde, que concede deseos. Pero tienes que buscarlas por todo el mundo con un radar especial de la Capsule Co., que es una marca muy famosa que fabrica cosas muy chulas, como coches voladores.

— Anda, ¿y qué es más famosa, la Capsule esa o la marca ACME?

— Bueno, ehm, pues…

En ese momento, alguién activó la cisterna del lavabo. Cinco segundos más tarde, la puerta del baño se abría.

— No hay nada. Me he metido hasta el fondo de la planta, como podéis ver -Anna estaba empapada y tenía las medias surcadas de carreras.

— ¿Cómo has llegado aquí? Clara está todavía despierta.

— No, no lo está. Mire -Anna señaló con el dedo. La niña dormía profundamente.

— Vaya -el abuelo parecía extrañado.

Fuera de la casa, la calma más absoluta. Todo el pueblo dormía.

— Ahora no puedo regresar.

— Sí, sí puedes. En cuanto cierre el libro – el abuelo sostenía entre sus manos 100 cuentos botánicos, de Lionel Humboldt. Un clásico del siglo XX.

— Siempre encontraba algo en el Parque. Hoy no. Tengo que encontrar algo. Si cierra el libro, no pasará nada. Y me quedaré atrapada aquí. De hecho, mire. Ya no está el libro.

Era cierto. Entre las manos del abuelo no estaba el pesado volumen, sino un papel, doblado varias veces y hecho de cáñamo. Sin mediar palabra, Anna lo tomó, y después de desdoblarlo comenzó a leer en voz alta. Era una carta, escrita con trazo fino pero visiblemente alterado:

Madrid, 10 de octubre de 2014

Mi querida Elena:

Te escribo desde el bar Diamante. No tengo mucho tiempo. Al final las cosas han ido mal y creo que me han descubierto. Un coche me sigue desde esta mañana. No sé si les he despistado, pero tarde o temprano vendrán a por mí. No tendrán piedad, pero tampoco van a lograr lo que quieren. Me gustaría decirte muchas cosas ahora, pero estoy bloqueado y no tengo tiempo. Te quiero muchísimo, tenéis que poneros a salvo. 

Ve inmediatamente a Latorre. No me esperes. Intentaré reunirme con vos

La carta terminaba así, abrupta.

Por un instante, el aire parecía resquebrajarse.

— Este pueblo se llama Latorre – sentenció el abuelo.

Anna le miró, con el rostro helado. Notó cómo sus pulsaciones se aceleraban. Ellos tampoco tenían tiempo.

Súbitamente, las ventanas y puertas de la casa estallaron con un sonoro estruendo, como si una secuoya enorme y milenaria se tronchase. Por el tejado, desde el merendero, escalando por las paredes y saltando de canalón en canalón, una tupida enredadera con espinas como cuchillas y tallos como alambre de espino, crecía a ritmo inexorable y precisión hermética. Pronto el tejado quedó cubierto.

Anna trató de saltar por la ventana de la habitación, pero la vegetación era demasiado tupida y afilada como para siquiera intentarlo. El abuelo no decía nada y permanecía inmóvil. La carta de M.R.C estaba tirada en el suelo, igual que el bolso de Anna en el parque.

Como un rizoma, la gigantesca enredadera descendió en espiral, hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo, consolidando su raíz. Atravesó el techo con gruesas columnas vegetales, perforando la casa. Había encontrado su sustrato y, como una viscosa lapa adherida a una gigantesca y porosa roca de mar, no pensaba abandonarlo.

Todo colapsaba: quedarían atrapados sin remedio.

Clara, plácida y a salvo en su cama, dormía y soñaba con fotosíntesis, rizomas y helechos.

Cuadro: Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar (Salvador Dalí, 1944)

  © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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