Acción/Relatos

Kiloamperio

Confesiones_en_la_cárcel,_Goya

1. m. electr. Unidad de intensidad eléctrica correspondiente a mil amperios.

Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe

Richie Salmond llevaba esperando ese día casi quince años. Desde niño, Richie había tenido una imaginación fascinante. Practicaba la escritura automática durante sus viajes psicodélicos. Al final, sintió arrepentimiento, pero también odio hacia todo lo que reprentaba su vida actual. No le veía mucho sentido. A su alrededor, los rostros de los carceleros se tornaron difusos, deformados, paroxísticos. Aquellos cinco años transcurrieron pesados y resbaladizos, como una canción de Pink Floyd. Las correas le apretaban, especialmente la que cubría su rostro huesudo. Se subía a la azotea, robaba las sábanas de los vecinos, fabricaba una suerte de capa con ellos y se colocaba al borde, contemplando la ciudad majestuosa y deforme. Comenzó como un zumbido, terminó como un estertor. Comenzó a asaltar pequeñas tiendas para pagarse sus caprichos, y también a menudear de vez en cuando. Apenas había salidas al patio, se habían restringido las llamadas telefónicas, las visitas eran concedidas con cuentagotas. El juez fue implacable y le condenó a la pena máxima. En el Módulo III, logró terminar otro bloc de notas. No hizo muchos amigos en el Módulo III. Listo para conocerla a fondo, listo para liberarla de su maldad ósea. El análisis psiquiátrico no detectó nada raro, pese al altísimo consumo de sustancias estupefacientes. Lo hizo. Terminó disparando, en 1999, a los tres ocupantes de un coche, en el cruce de Hurley Way con Fulton Avenue: la calle entendió ese crimen, pero no el fiscal. Con paciencia, esperaba a que el tiempo pasase, a que trascendiese sus propias limitaciones. En uno de sus relatos, una persona que se parecía a él en alto grado salía por las noches a dar un paseo, buscando a sus morosos, con una pistola enfundada en el bolsillo trasero del pantalón. Los muros que ahora le rodeaban eran insalvables, no había capa de superhéroe que los pudiera sobrevolar. Sus historias solían terminar bien. Fantaseaba con ser un superhéroe. Richie siempre quería traspasar los límites de la realidad. La policía encontró en el registro de su domicilio un armario lleno de blocs escritos con lapiceros de punta afilada. Desde su último traslado, dos meses atrás, no visitaba la biblioteca: no leía las noticias. Su adolescencia transcurrió en un constante viaje por las orillas del mapa, por terra ignota: consumió su primera papelina de LSD con catorce años. La rutina se había vuelto demasiado dura en el Módulo III. Aprovechaba su soledad para reconstruir su vida, para imaginar otras posibilidades, otras ramificaciones. En la cárcel, las pesadillas eran constantes y solían mezclarse con recurrentes flashbacks de ácido. La corriente eléctrica le atravesó de punta a punta, como una segunda médula espinal de pura energía, sacudiendo sus recuerdos, barajándolos de forma aleatoria, dislocando el argumento de su vida, expiándole de toda penitencia y creando un nuevo y definitivo orden.

Cuadro: Confesiones en la cárcel (Francisco de Goya, 1812)

2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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