Acción/Relatos

Oligoclasa

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oligoclasa

  1. f. Variedad de feldespato de calcio y sodio, utilizada en la fabricación de cerámica.

Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe:

(De oligos y clasis: pequeñas roturas)

Su abuela por parte de padre murió el mismo día que empezaba la primavera, seis meses antes de cumplir cien años. Él pudo despedirse, y la tuvo en sus brazos, aunque ella apenas le reconoció. El funeral, lluvioso. A la misma hora, una manifestación era violentada en Madrid. Al día siguiente, él cumpliría 27 años. Lo celebraban soplando las velas en una tarta de milhojas, mientras la televisión anunciaba la muerte de Adolfo Suárez.

Recordó que su abuela por parte de padre le contó que el día que empezó la guerra civil en su pueblo, ella estaba labrando en el campo. Confundió los disparos con cohetes.

“¿Qué santo es hoy, pues?”, le preguntó a su compañera.

Recordó que, aquella vez, no siguieron hablando de la guerra. “No hay nada más malo”, siempre le decía ella. Nadie le había sacado el tema antes, pero no quiso insistir. Echó de menos no tener una grabadora a mano.

La avenida partía su pueblo exactamente en dos. En invierno, el cierzo soplaba furibundo, yendo y viniendo del Ebro. En el estío, la sombra de los árboles erigía una dulce tregua, que de manera indefectible se extinguía al empezar octubre. Su abuelo por parte de madre recorría todos los días esa misma avenida para ir al cementerio a visitar a quienes ya no estaban. Jamás eludía su deber: ni las mordeduras del cierzo ni las treguas de los árboles le hacían flaquear. Si se encontraba por el camino a alguien que conocía, levantaba una mano y, sin aliviar el paso, saludaba: “Eh, majillo”. Todos eran majillos: no era bueno con los nombres.

A su abuelo por parte de madre la guerra le encontró con trece años: un día, en la plaza del mercado, tras una trifulca entre dos seguidores de los bandos en liza, una bala perdida le pasó rozando por detrás del muslo. Por fortuna, era un muchacho de piernas ágiles, y el proyectil impactó contra el muro de la calle San Antón.

De día, la avenida siempre se llenaba de ancianos sentados de forma dispersa en los bancos, unos a la sombra, otros al sol. Su abuela por parte de padre era de las de sombra. Uno de estos ancianos, Stela, de Bucarest y a su vez abuela de alguien, pasaba unos meses al año en el pueblo, y el resto en Rumania. Ella era de las de sol. Un día de mayo, él se sentó al lado de Stela, y ésta empezó a hablar sobre una historia de un verano sin tregua.

Crevedia, el pueblo en el que Stela se crió, tenía también una avenida central y frío en invierno, pero las sombras del estío eran bien distintas: a principios de los cuarenta, allí se alojaba un pequeño destacamento nazi, enlace para las tropas que se dirigían a la Unión Soviética. Eran intocables, nadie podía perturbarles. Uno de ellos, Anzi, joven pero fanático, era muy temido por la gente. Vivía con una familia lugareña, y siempre se hacía acompañar por una de las hijas, María.

Un domingo por la noche, a principios de verano, había mucho jaleo en un bar próximo a la casa donde vivía Anzi. El soldado, molesto, salió listo para la bronca. Llevaba la pistola enfundada en el cinto. María, para impedirlo, trató de calmarle sujetándole de la mano. En ese momento, Stela estaba también en la calle, jugando. Miçi, un vecino del pueblo, incauto imberbe de dieciséis años, quería hacer rabiar a María y convenció a Stela para que dijera, en un alemán que por supuesto ella desconocía, que María y Anzi eran novios.

“Te darán bombones”, le dijo Miçi.

A Anzi aquello no le hizo gracia. No sacó bombones del cinto, sino su pistola, con la que amenazó y disparó varias veces al aire. Stela, asustada, corrió a esconderse en su casa. Vivía al otro lado de la calle. Anzi la siguió, con el arma en la mano. María no pudo hacer nada para evitar que el soldado alemán entrara en el jardín de la familia de Stela. Por fortuna, por allí pasaban vecinos del pueblo, incluida la autoridad local, el șef de post, e incluso algún compañero de Anzi, que lograron mediar en la situación, no sin que antes el soldado ario encañonara al padre de Stela en el pecho.

Pese a la furia del fascista, éste no logró traspasar el tabique humano que se había levantado en torno a Stela. La pequeña quedó traumatizada. Veía a Anzi constantemente, oía su voz. En sus duermevelas, soñaba con que éste la raptaba. Desesperados, sus padres llamaron a un sacerdote para que purificara la casa.

Pero no ocurrió nada más. Después del verano, Anzi abandonó Crevedia. Un día, uno de los nazis trajo un regalo a Stela, para ganarse su confianza.

Eran bombones.

Pocos años después, los soviéticos ganaron el Frente Oriental, empezaron a recuperar terreno y se dirigieron a Bucarest, y los soldados alemanes iniciaron la retirada masiva. María también abandonó Crevedia: se fue a la capital, pero no para celebrar la entrada de las tropas rusas.

Un día, Stela, ya casada y con hijos, se encontró por sorpresa a María en una parada de autobús.

Y varias décadas después, en otro país, él se encontraba a Stela sentada, al sol, en uno de los innumerables bancos de la avenida que partía su pueblo exactamente en dos, disfrutando de las crecientes sombras, de los niños paseando en bicicleta, de los bebés durmiendo en las sillas, de los trabajadores fumando, de los pájaros retozando entre los charcos, de los coches frenando en los pasos de cebra.

Su abuelo por parte de madre murió en el hospital. La última vez que se vieron, él le dijo: “Hasta la semana que viene, majillo”.

Su abuela por parte de padre siempre se lo repetía: “La vida es una batalla”.

Y le miraba así, de esa manera tan suya, con los ojillos entrecerrados y un ensayo de mueca asomando por la comisura izquierda. Un gesto idéntico al que su abuelo por parte de madre solía esbozar al pasear por la avenida, y que Stela también sacaba de sus entrañas en ese preciso instante, mientras Crevedia le sacudía por dentro.

Foto: Detalle de un fragmento de oligoclasa.

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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