Cosas que pasan/Reflexión

Números, comunidad y despachos: reflexiones sobre el 9-N

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Tras meses de debates en parlamentos, televisiones y barras de bar, el 9-N ha llegado. 2.300.000 personas han concurrido a estos particulares comicios. El “Sí” ha obtenido un 80,72% de los votos: 1.800.000 personas. El “No” ha sacado un 4,55%: 102.000 votos. Los votos favorables a la independencia, que no son pocos, son similares a los favorables a la entrada en vigor del Estatut de 2006. Pero si los comparamos con las elecciones al Parlament celebradas en otoño de 2012 (uno de los muchos puntos de inflexión del proceso soberanista), el 9-N palidece un poco. Entonces, acudieron a votar más de 3.500.000 de catalanes. Lógicamente, estas elecciones tuvieron una mayor legitimidad para la sociedad catalana. Al fin y al cabo, el parlamento sigue viéndose (de momento) como lugar donde reside la soberanía popular, y quizá por eso los votos fueron mayores. ¿Qué tiene de especial la participación del 9-N?

La primera cosa que llama la atención es que de un censo estimado de 6,3 millones (los menores a partir de 16 años y extranjeros con tarjeta de residencia en Cataluña también podían votar: el censo habitual es de 5,5 millones), el voto independentista es de apenas un 28%. La segunda, que un 63,5% de potenciales votantes se han quedado en casa. En el referéndum de 2006 votó la mitad del censo: en 2012, el 67,8%.  ¿Estaban todos los que no votaron ayer a favor del “No”? Ya sabemos que quien no vota también vota, y que la abstención siempre dice algo, pero en esta ocasión no sabemos qué: hasta hace poco, la misma existencia del proceso era una incógnita, los recursos no han estado optimizados y además, ha habido una frontal oposición desde estamentos políticos, sociales y mediáticos españoles. El 9-N ha sido un mensaje, de acuerdo, pero ¿alguien puede afirmar sin tapujos que ha hablado el pueblo catalán?

Evidentemente, sí. Antes de saberse los resultados definitivos, la portavoz de UDC ha tildado el día de hoy como “un antes y un después” que hará que Rajoy tenga que sentarse a negociar por necesidad. Además, ERC y PSC han hablado de expectativas desbordadas. Uno de los síntomas de este tipo de manifestaciones que hacen país es que están sobredimensionadas por el optimismo de quienes las defienden. En este caso, además, hay disputas por apuntarse el tanto de quién se adueña del proceso: si las elites o el pueblo. Artur Mas ha afirmado que él es el “responsable último” y que lo toca ahora es gobernarse “a nosotros mismos”. A su vez, la diputada de CUP, Isabel Vallet, ha señalado que la consulta pertenece a la sociedad civil. ¿Es ésta una simple frase rimbombante?

No lo parece. El civismo ejemplar mostrado ayer es, aparte de una lección democrática, un paso más en la tarea de poner en el centro la comunidad política, cultural y emocional del independentismo catalán. Tenga o no consecuencias políticas el 9-N, no hay duda de que esta enésima expresión simbólica masiva afianza la existencia de esta comunidad, y nos dice algo más importante aún: que es ella quien tiene la hegemonía del espacio público en Cataluña. Aunque no sean una opción de gran mayoría. Aquellos que se oponían al derecho a decidir no han podido competir en igualdad de condiciones. La sociedad catalana no termina en el independentismo, es verdad, pero hay mucha gente en Cataluña a favor del derecho a decidir. Y hay mucha gente a favor de la independencia catalana. ¿Qué hacemos con ellos?

Esta pregunta debería estar haciéndose en este momento Mariano Rajoy. Las movilizaciones son las que han dado ilusión a la gente, pero nadie puede olvidar que lo importante se juega en los despachos. Los ingredientes son jugosos: un Gobierno central férreo y contrario al proceso soberanista, pero sin amigos; un president que ha tenido la osadía de coger un proceso etéreo y resbaladizo para usarlo como última baza política; Esquerra Republicana, unos socios de gobierno dispuestos a forzar el calendario electoral, seguros de que suya es la oportunidad para gobernar Cataluña en solitario y lograr el único bastión pendiente para cerrar su indisputable hegemonía; y una sociedad civil inteligente, auto-organizada y que parece lejos aún de conocer los límites de su propia creatividad. De telón de fondo, el actual régimen político, chirriante, con su documento insignia como oscuro objeto de deseo. Un régimen, en fin, al que precisamente pertenecen estas élites y estos despachos, y que desde siempre se ha caracterizado por un nauseabundo olor a podrido. ¿Ustedes se fiarían?

Foto: Votantes en el SEK de Gràcia de Barcelona (Albert Bertran-El Periódico)

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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