Acción/Relatos

Jabalina

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(De jabalín).

1. f. Hembra del jabalí.

(Cf. fr. javeline).

1. f. Arma, a manera de pica o venablo, que se usaba más comúnmente en la caza mayor, y actualmente en cierto deporte.

2. f. Dep. Modalidad del atletismo que consiste en lanzar la jabalina lo más lejos posible.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

El retumbar de los tambores tardaba en languidecer. Omnipresente y difuso, como el latido de la misma tierra, les avisaba de que el peligro seguía allí. El olor a humo penetraba en sus ropajes empapados, en sus barbas entrelazadas, en la roña de sus manos. Delante de ellos, a cada vez menor distancia, la costa se extendía con majestuosidad. Una interminable lengua de fuego recorría de punta a punta la península. La nieve no dejaba de caer, y el calor se evaporaba de los cuerpos agonizantes que se arrastraban por la playa, de manera penosa, en busca de un lugar tranquilo donde morir.

Habían llegado más allá de los límites conocidos del mundo. A partir de allí, hasta las rocas y el agua eran de naturaleza desconocida. De los siete barcos que partieron en la expedición, semanas atrás, sólo quedaba uno en condiciones de combatir. Dos de la vanguardia fueron alcanzados con flechas incendiarias y ardieron, llenando la noche de luz y de alaridos el silencio. Un tercero se estrelló contra los acantilados. Tres más fueron asaltados cuando estaban preparando el desembarque. No conocían el rostro de sus enemigos. Hablaban una jerga extranjera. Sólo acertaban a ver, de vez en cuando, el rápido fulgor de sus espadas. Más presentes eran los sonidos: el entrechocar del metal con el metal, la rotura de los huesos, la sangre vertiéndose, las oraciones entrecortadas, el crepitar de la madera en llamas.

Olvidaron la estrategia a seguir.  Sabían que serían los siguientes: la distancia se recortaba.

Recordaron el hogar. El olor a incienso. Los juramentos, el óleo prendido, la bendición de los dioses, los vítores en el puerto. Los dulces vinos. Allá, en el sur, siempre era primavera y el aroma de los azahares lo cubría todo. Allí, en el norte, se desataba un infierno.

Las primeras flechas caían sobre la cubierta. Algunas rebotaban. Otras atinaban. El primer caído se desplomó, siseando algo incomprensible. Desenvainaron las espadas con furia. Los lemas de la patria pronto fueron convertidos en gritos de guerra, caóticos, irracionales, asesinos. Los asaltantes tenían el rostro cubierto y eran demasiado rápidos. Alguien logró empuñar su jabalina y ensartar el pecho a uno de aquellos escurridizos espectros. Un chorro de líquido oscuro brotó de la herida, golpeando la cara del atacante.

Sabía más dulce que cualquier vino.

En el sur, viudas y huérfanos lloraban en comunión mientras los lisiados, avergonzados, enmudecían. En el norte, la niñez se extinguía para siempre, abriendo paso a la civilización y las ideas de notables hombres preclaros. En la penumbra de los bosques, animales nunca antes nombrados contemplaban con sus primitivos ojos al ser humano, orgullo de la Creación, logrando un nuevo hito para la eternidad. En la playa iluminada por los barcos en llamas, el santuario de dolor quedó sepultado por la nieve de la historia.

Cuadro: El juramento de los Horacios, Jacques-Louis David (1784)

 © 2014 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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