Cosas que pasan/Reflexión

La semana pasada en París

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Veinte muertos, entre víctimas y yihadistas. Un país paralizado, unido por la solidaridad ante la hipocresía de sus dirigentes. Medio mundo expectante. En el aire, una amenaza firme pero inconclusa, que apunta en varias direcciones y niveles, y que florecerá, en un futuro más o menos próximo, bajo la forma de violencia, restricciones legales, criminalización, polarización social, etc. Ése es el saldo del atentado en París contra la redacción de Charlie Hebdo, que tuvo lugar la pasada semana y que ha dejado bastantes suspicacias.

Para un ciudadano normal, la primera pregunta es obvia: ¿por qué nos atacan? Una previsible primera respuesta podría ser que para las visiones más radicalizadas del Islam, Occidente es el mal: infiel, defensor de valores proscritos, cómplice y autor de crímenes padecidos por numerosos países musulmanes, desde el colonialismo hasta la invasión militar y la desestabilización económica, política y cultural. Sin embargo, la pregunta está mal planteada. No debería ser ¿por qué nos atacan (ellos)?, sino ¿por qué nos atacamos (nosotros)? En efecto, como se ha dicho, Europa exporta mucho islamismo radical compuesto por ciudadanos autóctonos, descendientes de inmigrantes (pero no sólo), formados en los sistemas educativos nacionales y que, de algún modo, han desarrollado conductas radicalizadas en el seno de grupos de afinidad que han ido estableciéndose al margen de la sociedad civil mayoritaria. Esto implica una realidad bastante más inquietante que la de la típica amenaza externa: hay riesgo dentro de las sociedades cosmopolitas y multiculturales. Hoy mosaico estético, mañana añico político.

En cuanto el problema se vuelve ciudadano, es el estado el que se ve obligado a perseguir y castigar delitos punibles dentro de un territorio. ¿Se produce un asesinato? Hay que perseguirlo. ¿Se financia ese asesinato? Hay que perseguirlo. ¿Hay una organización detrás de esos crímenes? Hay que perseguirla… y en esa persecución se abre el dilema. Las organizaciones terroristas, son, ante todo, organizaciones criminales. Pero hay dos problemas en este choque de barbaries. El primero, que un terrorista no admite ser llamado terrorista: es un concepto antipático que se lanza sin destinatario. El segundo, que el terrorismo no tiene sentido si no se le pone un apellido. En este caso, hablamos de terrorismo islamista. Es decir, lo que da sentido a la práctica terrorista es una posición religiosa. El islamismo explica por qué se suceden los atentados en Francia, en Yemen o en Pakistán. Terrorismo y religión se engarzan de forma intensa y gordiana.

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Los estados son los que tienen que perseguir la parte delictiva del terrorismo. Sin embargo, por muy bien que los países desarrollen estrategias antiterroristas y se coordinen entre ellos, por mucho que elaboren legislaciones exhaustivas que den sanciones ajustadas, el terrorismo islamista no desaparecerá si no se produce un cambio por parte de la base social que lo ampara o justifica. Hasta que esa base no se cuestione el empleo de la violencia, el terrorismo podría llegar a estar muy débil en el mejor de los casos, pero nunca llegaría a desaparecer. En ese sentido, es necesario que dentro de la comunidad islámica se dé una revolución que ponga en el centro hegemónico del Islam visiones compatibles con los derechos humanos. No debería ser imposible. ¿Qué es eso de que el Corán es inmutable? ¿Acaso hemos olvidado que el sistema filosófico y científico occidental tiene influencia árabe? ¿Que la Península Ibérica y otros muchos territorios europeos formaron parte del mundo islámico y eso supuso, entre otras cosas, un indudable enriquecimiento? El Islam está fuera, pero también hay un Islam dentro, creciente, que es vecino, cliente, transeúnte. Revolucionar el Islam implica revolucionarnos a nosotros mismos. Los puntos clave de dicho cambio estarían en quién detenta la autoridad y la la sostenibilidad económica que permite la existencia de un Islam radicalizado y poderoso, quién controla y hasta qué punto están permitidos los espacios de deliberación, etc.

Por tanto, se requiere un nuevo enfoque. Hay que ser más inteligente que el estratega militar que azuza cruzadas y que el estadista que disuade y contenta ideologías que amparan la violencia. Las sociedades deberían actuar de perros guardianes ante ambas derivas, de las cuales el siglo XX tendría que habernos enseñado terribles lecciones: cien años plagados de llagas y heridas ejemplares. Que el farsante sol del multiculturalismo de sociedades equivalentes y pacíficas no nos ciegue. Que las falsarias aguas calmas del posmodernismo y el individualismo, caldo de cultivo de conductas fanáticas y respuestas éticas relativistas y tibias, no se conviertan en nuestra tumba dialéctica.

Foto: Detalle ornamental del Palacio de los Nazaríes (Alhambra, Granada)

© 2015 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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