Acción/Relatos

Ñampearse

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1. prnl. coloq. Pan. Volverse loco.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Tumbada sobre el escaso terciopelo, Lucía podía verlo todo.

Se sentía como en un sueño, mecida entre utopías y arrepentimientos. El aire permanecía inmóvil, abrazándole con inusitado cariño. No tenía hambre, y aquello le sorprendió. Era pleno agosto, pero sus entrañas temblaban de frío. Las articulaciones permanecían rígidas, y sus huellas dactilares habían desaparecido.

Pero sus labios ardían, y ella lo veía todo.

Todos pretendían no mirarla, pese a que le lloraban, le imploraban, le lanzaban flores. Algunos, paralizados, no se levantaban del banco. Los oídos de Lucía asistían a una retahíla inacabada de pensamientos cruzados, cuchicheos y silencios elocuentes. Todo le llegaba de forma nítida. La fe extrema, la incredulidad, el dolor de sus amigos y familiares. La alegría de los desgraciados.

Abrigada por el aroma de lirios y rosas, Lucía asumió que no habría más pan, ni sudor en su rostro. Ni aguijones, ni victorias. Ni varas, ni cayados. Ni danzas, ni aceite en su lámpara. Desde su privilegiada posición, el cristo agónico parecía reír de puro gozo. Las imágenes de las vidrieras destilaban colores vívidos, que embadurnaban la nave central del templo con un mosaico caleidoscópico de luces benditas. La pila bautismal le parecía lejana, como tallada en la roca más antigua y gris de la tierra.

Lo que más molestaba a Lucía era su definitivo mutismo. Su voz ya no le pertenecía más, y se había transmutado en impostura, en disfraz polifónico alojado en las gargantas y desvelos de aquellos que le conocieron, presentes allí algunos, ausentes otros, en ciudades forasteras y países extranjeros, ignorantes felices a un único tropiezo de descubrir la noticia final. Todos, conocidos y desconocidos, hablarían de ella, y tejerían un nuevo semblante, formado por recuerdos, anécdotas, difamaciones y mordiscos en el labio superior. Una voz nacida en mil gargantas, hilvanada por sílabas de amor y desprecio.

Jamás volvería a ponerse aquella boina francesa que tanto le gustaba. En su lugar, las llagas definitivas eran su nueva prenda favorita. La boca le ardía como sólo podía hacerlo durante la canícula pasional, y lamentó no tener a nadie a quien besar por última vez.

¿Importaba eso ahora, acaso? ¿Importaba algo, ahora que ella distinguía lo verdadero de lo falso?

Superada la enfermedad, y tumbada sobre el escaso terciopelo, Lucía podía verlo todo.

Foto: Detalle de las vidrieras de la Catedral de León (J.B.A.)

 © 2015 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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