Acción/Relatos

Qwerty

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El teclado QWERTY es la distribución de teclado más común. Fue diseñado y patentado por Christopher Sholes en 1868 y vendido a Remington en 1873. Su nombre proviene de las primeras seis letras de su fila superior de teclas.

(wikipedia.org)

Qwerty alzó su botellín de cerveza Tsingtao y brindó por la salud de sus compañeros, sosteniendo una sonrisa rebosante de cortesía cálida. El tintineo del vidrio, las bromas y las risas sonaron igual que una fuente en una plazoleta perdida. La grasa de pato asado todavía resbalaba por la comisura de sus labios. Se relamió.

Mientras el avión descendía presto hacia la pista de aterrizaje, Qwerty aprovechó para contemplar aquel terreno llano que se iba dibujando poco a poco, con la inclemente precisión de la realidad. Era agosto y el cielo estaba impoluto, aunque en aquella ciudad del norte el tiempo podía cambiar con violencia. La historia también cambiaba con violencia. Vio los canales, los molinos, los pólder. Su hogar estaba lejos.

Con destreza connatural, Qwerty agarró un jiaozi con los palillos y lo engulló. Llevaba demasiado tiempo peleándose con la comida neerlandesa. No le convencían las kroketten, ni el broodje haring, ni el erwtensoep. Odiaba el queso con demasiados condimentos. Por eso mismo, en cuanto su paladar percibió la masa de la pequeña empanadilla típica de Sichuan, sintió que se estremecía. Su mente viajó décadas atrás, hasta la época en que no era más que un prometedor estudiante de la Escuela Diplomática, varios años antes de ingresar en la academia militar. La fritura de las verduras era exquisita. En la calle, la gente se arremolinaba, con los paraguas desenfundados, a la espera de la danza del león. Sonaron petardos.

Fue a La Haya. Visitó los edificios internacionales más importantes. El Palacio de la Paz. El Tribunal Penal Internacional. El cuartel general de Europol. La Corte Permanente de Arbitraje. La Organización para la Prohibición de las Armas Químicas. La Organización de Naciones y Pueblos No Representados. Acudía con la excusa de unas entrevistas para una asignatura del posgrado que estaba cursando. Siempre le creían. Qwerty aparentaba diez años menos de los que realmente tenía.

Después de que sirvieran las chuletas de cordero con comino, se tomó fotografías con todos sus compañeros de clase. Era un recuerdo final antes de abandonar el país y el continente, les dijo Qwerty. En realidad, aquellos retratos eran el registro, en una base de datos remota, de los perfiles secretos que rastrearían a algunos de los estudiantes europeos más brillantes en relaciones internacionales, ciencias políticas y economía. Si en el futuro alguno de ellos ocupase un puesto importante en un consejo de administración, o un escaño en un parlamento, los oscuros cerebros lo sabrían antes que nadie.

Como proyecto final de master, escribió una tesis sobre los retos energéticos de Europa para los próximos treinta años. Visitó lobbies en Bruselas, en Londres, en Copenhague. Unió los puntos. Qwerty tenía una lengua afilada y una mente disciplinada. Persuadía con facilidad. Salvo aquella vez en que un analista no le dio permiso para entrevistarle en su despacho “por motivos de seguridad”. Deseó partirle el cuello: no podría tomar imágenes. Profundizó en las informaciones que ya poseía. Para el tribunal de la tesis, en las conclusiones subrayó la necesidad de que Europa abriera mercados en China. Para sus supervisores, eso significaba que tendrían que propiciarse las condiciones para que eso sucediera. A toda costa.

Qwerty observó cómo el tofu se derretía en la sopa de ternera. Un pedacito de chili picante se aferró a su lengua como un percebe a un acantilado.

Los superiores de Qwerty insertarían los datos recogidos en un macro-sistema, basado en la teoría de juegos, que se actualizaba en tiempo real con informaciones de la seguridad nacional de los países escrutados. Un ejército de hackers compatriotas lanzarían ataques masivos contra las economías marcadas. Sólo para tantear la robustez de sus sistemas de seguridad. Sólo por si acaso.

El arroz hervido sabía mejor con salsa de soja. Qwerty sabía eso, y muchas otras cosas. Qwerty estaba entrenado en el combate cuerpo a cuerpo y el manejo de armamento ligero. Tenía una vasta cultura, mucho dinero en efectivo proveniente de fondos reservados y una misión. Pero también tenía un problema.

Por una leve tara mental, a Qwerty le costaba mucho tiempo pasar de los caracteres occidentales (aguacate) a los ideogramas (森林). Tardaba demasiado en traducir al mandarín las informaciones que obtenía de los angloparlantes. Sus informes siempre se retrasaban. El teclado Qwerty era la bestia negra de Qwerty. Qwerty no era el peor, pero había muchos espías mejores que él. La única diferencia era que ellos no eran sobrinos de un miembro influyente del partido.

Mientras mondaba su tercera mandarina consecutiva, al calor de los fuegos artificales que estallaban en la calle, Qwerty disfrutaba de la compañía de sus embriagados e ignorantes compañeros. Qwerty desconocía que le llamaban Qwerty. Sin embargo, en el lejano búnker les parecía tronchante, a la vez que desesperante. Qwerty era el mote del año. Qwerty era la quintaesencia de la lentitud y las faltas ortográficas. Qwerty era el buey con el que los servicios de inteligencia tenían que arar.

Cada vez que en Pekín malinterpretaban sus siempre tardíos informes, la guerra económica se retrasaba un día más en el frente oriental.

Cuadro: Almendros en flor (pintado por Tomás Harris, el ‘pintor espía’. Copyright de Buces-Renard)

© 2015 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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