Acción/Relatos

Ufo

apple-tree-i

(Del it. a ufo).

a ~.

1. loc. adv. De gorra, de mogollón, sin ser convidado ni llamado.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

¿Recuerdas aquella tarde en el Parque de María Luisa? Fue, oficialmente, el primer día de primavera. Ya estábamos en abril, pero ese día fue el primero en que la vida explotó. Se veía en las flores, se veía en las fuentes, se veía en las chicas. Se veía en tu mirada.

Tu mirada, y la mía, a escasos milímetros de distancia. Nos miramos así tantísimas veces, y sin embargo, cada vez que lo hacíamos de nuevo mis piernas temblaban como si fuese la primera vez.

¿Recuerdas las charlas en el recreo, cuando íbamos al instituto? Todos los días, casi seis años, yendo al mismo callejón. Sentados en el rellano de esas escaleras, esperando un momento que no terminaba de llegar. Siempre intentaba acariciarte la mano, aunque fuera un leve roce. Trataba de disimular, conversando sobre capitales del mundo y valencias. En realidad, bajo esa amalgama confusa de fórmulas matemáticas y espacios urbanos, te hablaba de nosotros.

De nosotros, y de los grandes planes que haríamos juntos algún día. Planeamos millones de historias, estúpidas unas, ambiciosas otras, disparatadas la mayoría, pero todas nuestras.

¿Recuerdas cuando te pedía la merienda al salir de clases de inglés? Como siempre, tú llevabas algo hecho de chocolate y caramelo y, como siempre, yo no traía nada desde casa. Les decía a todos que me había olvidado, pero la verdad es que nunca tenía hambre. En realidad, aquel numerito era la excusa perfecta para hablar contigo.

Hablar contigo, esa era la misión principal. A veces te reías de mis tonterías. Torcías la nariz, entrecerrabas los ojos, y soltabas esos suspiritos encantadores. Otras veces, ponías los ojos en blanco y susurrabas que me matarías, si pudieras. Con el tiempo he aprendido que lo decías en serio.

¿Recuerdas aquella noche de septiembre, tirados sobre la hierba, observando las estrellas? Fingí conocer los recovecos más cercanos del universo, pero era todo una farsa. Las constelaciones y los mitos, todo mentira. Pero aquel poema, aquel poema era verdad.

Era verdad, aquel poema, el primero, y el segundo, y el tercero, y el cuarto, y todos los que vinieron después. Todos hablaban de lo único y lo real. Y todos aquellos renglones enfurruñados con furia, y todos aquellos esbozos que acabaron deglutidos por las entrañas de la chimenea, ésos fueron incluso más verdaderos.

¿Recuerdas cuando veíamos ovnis reflejados en el agua? Bueno, en realidad los veías tú, porque bastaba con remover un poco la superficie para ver que no eran más que un espejismo.

Un espejismo, una turbulencia, una llaga sangrante, un bizcocho recién hecho, un beso al amanecer, una avenida desierta en mitad del mediodía, un autobús atravesando el sur de madrugada. La llama de tus ojos, y la ceniza de mi silencio. Eso fue nuestra historia.

¿Recuerdas cuando nos perdimos en el laberinto de setos? No teníamos ni idea de dónde estábamos, y lo único que podíamos oír eran las voces de aquellos turistas japoneses, a varios recovecos de distancia. Menos mal que tú y yo teníamos los labios del otro.

Del otro. Yo, los tuyos. Tú, los míos. Hablabas con mi voz, saboreaba con tu saliva. Mordíamos la insolencia de los egoístas y escupíamos el miedo de los aburridos. Allí, en el laberinto de setos y ruinas medievales, estábamos perdidos y a la vez, encontrados. Paseándonos por todas las ciudades que quisimos visitar, de Cracovia a Sarajevo, de Marrakech a Río, de Granada a Siem Riep. Leyéndonos en todos los versos que escribimos, y especialmente en los que callamos. Viajándonos, rumbo a Vega, en una nave espacial hecha a base de nuestras voluntades, mucho antes de que nos percatáramos de que el espejismo era real. Merendándonos, aunque no tuviéramos hambre, porque el tiempo, la risa y el calor nos pertenecían, y porque éramos únicos para olvidar los secretos de nuestra propia receta.

Imagen: Manzano (Gustav Klimt, 1912)

© 2015 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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