Cosas que pasan/Reflexión

24-M: el baile de la euforia, la quietud del retrato

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Resumir con cuatro o cinco pinceladas todos los cambios, microscópicos y macroscópicos, que han surgido tras el 24-M, es una tarea titánica. En barrios, distritos, concejos y municipios la confrontación democrática ha sido de las más ilusionantes que se recuerdan. Como decía ayer Santos Juliá en su columna de El País, la sensación era como si se volviera a votar por primera vez. No es para menos: tras el aldabonazo de las elecciones europeas y la multipolaridad parlamentaria de Andalucía, el diagnóstico del presente se mantiene.

El bipartidismo, que ha campado a sus anchas desde la Transición, está en declive. En 2015, el 52% de los votos emitidos es PP+PSOE. En 2011, ese porcentaje era del 65%. Posiblemente aumente más su retroceso. No hay más que fijarse en que no han abundado los discursos triunfalistas entre los candidatos de PP y PSOE. De hecho, la formación conservadora ha perdido 2,4 millones de votos con respecto a 2011. Un buen pico que se ha diluido en un sinfín de comportamientos electorales, desde votar otras opciones hasta optar por la abstención.

Las grandes ciudades son el motor sentimental del cambio: Madrid, Barcelona o Zaragoza son algunos ejemplos que demuestran que las candidaturas de unidad popular pueden asaltar sin miedo el frente institucional. Fíjense en el caso de Barcelona en Comú: pese a la heterogeneidad de los colectivos populares, pese a la inexperiencia en la política clásica, pese al robo del nombre y la oposición mediática, el colectivo ha sido capaz de obtener más de 175.000 votos y convertirse en la primera opción. Una de las ciudades más importantes de Europa tiene bastantes probabilidades de ser gobernada por personas provenientes de los movimientos sociales.

Algo parecido podrá pasar en la capital de España, donde Ahora Madrid ha quedado a sólo 45.000 votos de diferencia de la candidatura del PP. Si el colectivo de Manuela Carmena elabora un discurso anti-corrupción que le acerque a Ciudadanos (que en una ciudad tan simbólica no querrá bajo ningún concepto dejarse seducir por el PP), y que obligue a retratarse al PSOE (que o apoyaría a ambos o pasaría a secundar o dejar pasar a Esperanza Aguirre, algo que sin duda rebotaría a unos cuantos votantes socialistas), la alcaldía también será suya. La pregunta en este caso es, ¿estaría dispuesto Ahora Madrid a acercarse a un PSOE tocado? Si no lo hace, ¿saldrá ganando la lideresa de la Gürtel y la Púnica?

En los parlamentos autonómicos, los escenarios también están lejos de ser una ecuación de primer grado. La pérdida de las mayorías absolutas del PP no se ha traducido, como antaño, en un aumento de votos del PSOE. Al contrario, han aparecido nuevos actores en las cámaras regionales, que obligan a negociar, dialogar, articular. No hay un parlamento que lo tenga sencillo a priori: todos están sujetos a condiciones, que serán determinantes para las elecciones generales de finales de año.

Sin embargo, puede que todo sea más fácil que eso. Cuando la situación inestable de Andalucía era única, nadie quería meter el pie en el agua. El problema es que ahora hay trece Andalucías más, y es posible el intercambio de cromos. ¿Se imaginan que el PP se abstenga en la comunidad sureña, ganando así Susana Díaz, y que el PSOE haga lo mismo en Madrid, para que gobierne Cifuentes? Las probabilidades de un intercambio así son múltiples, bloquearían la aparición de los recién llegados actores (que también representan a la ciudadanía, aunque es verdad que ni Podemos ni Ciudadanos son las opciones más votadas) y cristalizarían en un extendido ejemplo práctico el concepto mismo de casta. Ironías de la vida: precisamente el día en que murió John Nash, la democracia española ofrece una oportunidad única para aplicar sobre ella la teoría de juegos.

Tras el baile de la euforia, llega la quietud del retrato.

Foto: Un juego en forma extensiva (Wikipedia.org)

© 2015 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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