Acción/Relatos

Horror en el museo de ciencias

Peanuts Comic

Aquella mañana, comencé a leer en diagonal el paper de Teun Van Dijk sobre discurso e ideología.

De algún modo, no entendí nada.

Alargué la mano, y agarré el grueso volumen de Economía y Sociedad, el clásico de Max Weber. Sus conceptos básicos de sociología (acción social, poder y dominación, legitimidad) perforaron mi cerebro, inundando irremisiblemente la sala de máquinas.

Contrariado, me abalancé sobre Why men rebel, influyente libro de Ted Gurr sobre violencia política. Durante una fracción de segundo, estaba convencido que era eso lo que necesitaba. La pieza ausente en mi cabeza rota: sumergirme en su modelo de radicalización. Y no. Ver aquellos diagramas de flujos fue incluso peor.

Conteniendo una blasfemia entre dientes, acudí a los archivos donde guardaba las transcripciones de las cuarenta entrevistas de los últimos tres meses. Revisé los códigos y las citas. Repasé los mapas conceptuales. Definitivamente, mis entrevistados coincidían en varias cosas, aquí y allá. Ahí estaba, era evidente: ciencia. Lo había visto otras veces. Las preguntas de investigación, las hipótesis, el marco teórico perfectamente delimitado, los resultados coherentes.

Lo había visto otras veces. Lo había visto el día anterior.

Pero ya no estaba ahí.

No había ciencia, sino juegos de prestidigitación. No había un esquema perfectamente ordenado y coherente, sino escombros de un cataclismo. No había un pequeño sistema solar, armoniosamente tenso, sino un enorme agujero negro que engullía información sin punto de retorno, dislocando ideas, forzándolas a encajar en un modelo inconsistente.

Ante el dantesco panorama, sentí ganas de salir corriendo.

Despavorido y con los brazos en alto, huí de casa. En mi cabeza, voces maléficas recitaban extractos de Jean Baudrillard, de Alain Touraine, de Heráclito. Llegué a la estación de tren, y compré un billete rumbo al pueblo pesquero más cercano. En el convoy, se sentó a mi lado un hombrecillo enjuto que sujetaba bajo el brazo Teoría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas. En alemán.

Me faltaba el aire.

Al salir de la estación de destino, me encontré con un pequeño mercadillo callejero. El pescado del día relucía, lustroso, bajo la luz del sol, y el aire estaba preñado de un mosaico de voces que regateaban, reían, saludaban. Una tendera, joven y bella, atendía un puesto de patatas fritas. Guiñándome un ojo, me dijo con descaro:

– ¡Sapere aude! – y se retiró un mechón de pelo rubio que yacía sobre su cara.

Resollando, llegué al extremo del puerto, y me senté a la sombra del faro. El mar estaba sorprendentemente quieto. Una gaviota reidora se posó a un palmo de mí, y mirándome con insolencia, gritó*:

– ¡A nadie le importa!

Decidí responderle.

– Pues a mí sí me importa. Llevo en esto casi cinco años. Pero hoy parece que nada funciona.

– ¿Cuál es exactamente el problema? -inquirió la gaviota, con aire curioso.

– No veo una relación entre los libros que he leído y las personas que he estudiado. Algo no encaja.

-¡Ay, los científicos! Me hacéis mucha gracia. ¿Has estudiado a personas? ¿Eres de Sociales?

– Sí.

– ¡Más gracia todavía! Alma cándida, déjalo. El método científico no aplica a las relaciones sociales. En lugar de encorsetarte, deberías tirar el marco a la basura, o hacerlo más flexible. No te compliques la vida. No encontrarás conocimiento. Asómbrate con los pedacitos de realidad que tus personas compartan contigo. Eso es todo.

– ¡Pero por eso quiero estar en la academia! Tengo que darle conocimiento reflexivo a la gente…

– ¡… que por supuesto no reflexionaban hasta que tú les honraste con tu estudio! No seas tan arrogante. La mayoría de lo que los científicos sociales llamáis ‘reflexividad’ no es más que una manera de hacer preguntas totalmente irrelevantes a gente que tiene otras preguntas para las que tú no tienes la más remota idea. Todo se mueve por los hilos de la incertidumbre. ¿Esperabas acaso encontrar una fórmula mágica, una ecuación?

– No estaría mal.

– ¡Pero entonces no trabajas con personas! Las personas son actores, hacen cosas. Si buscas una fórmula, esperas que ‘tus personas’ muevan unos resortes con la fuerza y direccionalidad que se les espera. En mi diccionario, un actor que no marca una diferencia, no es un actor en absoluto. Esto no es un péndulo de Galileo perfectamente predecible. Ni siquiera es una potencia esperando a convertirse en acto. Olvida los marcos. Olvida las estructuras. Un actor, una persona no es sustituible por otra, porque tiene una capacidad única de transformación. Y en las estructuras, nada es transformado, sino simplemente combinado -resolvió la gaviota, mientras se atusaba las plumas.

– ¿Cuál es el sentido de este negocio entonces?

– No es algo que sea automático, desde luego. Y la mayoría de las veces es algo que falla, y falla para que otros sigan tu rastro. Doscientas páginas de entrevistas, observaciones y todo lo demás, no van a aportar nada nuevo. Para lograr relevancia hacen falta circunstancias extraordinarias. Es un suceso muy raro. Necesita imaginación y creatividad, lo contrario de un marco. Es tan milagroso como el péndulo de Galileo, o la vacuna de la rabia que Pasteur probó con un niño condenado a una muerte segura.

– ¿Entonces, qué hago? ¿Rezo? ¿Sacrifico a una gaviota? -pregunté con una mirada de suficiencia.

– Es fácil. Trabajo extra.

– ¡Lo que me faltaba! ¡Más trabajo! Llevo semanas durmiendo cinco horas diarias. ¡Sufro alucinaciones desde entonces! De hecho, eso explicaría por qué estoy hablando con una gaviota. Aunque te agradezco la conversación. Supongo que en lugar de emplear el marco para predecir los resultados, tengo que analizar a ‘mis personas’ para ver en qué medida cuestionan los modelos ya existentes.

– ¡Eso suena mejor, sin duda!

Me levanté.

– ¿Te marchas?

– Sí. Tengo que volver.

– ¿Podrías hacerme un favor? ¿Puedes comprarme un cucurucho de patatas fritas? A la tendera se le ve ilustrada.

Me llevé la mano al bolsillo. Las monedas tintinearon.

– Eso está hecho -asentí, con una sonrisa sincera y exhausta.

Me alejé, con paso tranquilo. El mercado bullía apaciblemente. Compré el cucurucho más grande.

Al regresar a casa, los escombros seguían allí. Y eran hermosos.

—————————————–

* El diálogo es una adaptación libre de un extracto de Latour, B. (2005) Reassembling the social. An introduction to Actor-Network Theory. Oxford: Oxford University Press.

Imagen: Charles Schulz

© 2015 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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