Cosas que pasan/Reflexión

Bárbaros militares, perroflautas con guitarra y Estado Islámico

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Un seguidor de Estado Islámico predica en Tal Abyad

 

Es un enfrentamiento clásico.

A raíz de los atentados yihadistas en París, el debate público sobre la intervención bélica en Siria ha vuelto a resurgir, contraponiendo dos visiones mayoritarias: una que defiende que ante los ataques sólo caben respuestas firmes y contundentes y otra que evita el enfrentamiento directo y aboga por medidas no violentas y de mayor recorrido. Ambas visiones chocan con frecuencia, ridiculizándose mutuamente: la primera se dibuja como una solución bárbara y puramente militar, y la segunda aparece como una propuesta típica de perroflautas adornados con una cinta de flores en la frente y cantando al unísono el Cumbayá.

Nunca un problema complejo se arregló con una solución ridícula

Para superar este choque de opiniones, lo primero que hay que hacer es volar por los aires ambos estereotipos ridículos. Reflexionemos un segundo. Por un lado, hay que reconocer que las intervenciones militares son una herramienta básica en las relaciones internacionales. Podrá gustar más o menos, pero no debe eliminarse de cualquier análisis mínimamente serio. Es una realidad. Por otro, también debería admitirse que la paz no se limita al discurso de Miss Universo, sino que tiene que ver más bien con el descubrimiento y anulación de todos los mecanismos de dominación, injusticia y violencia. La paz es algo muy serio.

Volvamos a la situación real: Siria, hoy.

Una estrategia basada únicamente en la fuerza militar, por muy bien diseñada que esté, provoca al final injusticias. Es lo que tiene la violencia:  efectiva para según qué fines, crea efectos muchas veces irreversibles.

Las estrategias son falibles. Los ejércitos usan bombas. Las bombas matan. Y el efecto más irreversible es la muerte.

Cuando una estrategia falla (algo que tarde o temprano ocurre) y una bomba cae sobre un mercado o una escuela, las probabilidades de que en las víctimas supervivientes se fortalezca el discurso y las prácticas radicales se multiplican. Es decir, que a veces puede darse la paradoja de que por cada yihadista muerto aparezcan tres nuevos: una hidra inagotable. Nunca la intervención militar funcionó por si sola en Oriente Medio. De hecho, el Daesh es en gran parte consecuencia de la invasión de Irak del 2003. ¿Por qué iba a ser diferente esta vez? ¿Por qué hay gente que sigue pensando que hay guerras que son justas?

Por su parte, los riesgos de una estrategia basada en el diálogo y la distensión también son abundantes. La resolución pacífica de conflictos requiere que las partes compartan un marco donde la paz se vea como algo deseable. Ahora mismo, la guerra de Siria muestra que estamos lejos de ese punto. Por dos razones básicas.

La primera, el conflicto se encuentra en plena fase de escalada. Todas las partes en liza, que en este caso son muchas y se relacionan de forma contradictoria (las fuerzas armadas oficiales, el Ejército Libre Sirio, Estado Islámico, al-Nusra, las YPG kurdas…), están adoptando estrategias cada vez más agresivas, desde las amenazas incondicionales de Estado Islámico hasta el último incidente entre Turquía y Rusia. Esto conduce a una dinámica que es difícil de deshacer.

La segunda razón es que un hipotético modelo para pacificar la zona cambiaría mucho de un actor a otro: hay diferencias culturales y de percepción, así como intereses geoestratégicos y necesidades políticas que lo impiden.

Ahora mismo, Siria es un país con un gobierno cuestionado por parte de la comunidad internacional, una población civil masacrada y obligada a huir, multitud de facciones armadas y peleadas entre sí donde abundan mercenarios oportunistas y fanáticos que quieren consolidar un poder siempre inestable, y potencias extranjeras que están interviniendo de forma manifiestamente descoordinada. ¿Por qué enarbolar incondicionalmente la bandera de la paz iba a resultar efectivo?

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François Hollande y Vladimir Putin se saludan en la reunión de ayer en el Kremlin / Reuters

La paradoja parece clara: la solución puramente militar engendra nuevos monstruos, y las medidas de distensión serían vistas como un síntoma de debilidad que los grupos armados no dudarían en utilizar en beneficio propio, o incluso como excusa para recrudecer y extender la violencia. Se necesita un enfoque nuevo que reequilibre la aplicación de métodos violentos y no violentos.

¿Qué hacer, entonces?

En el mundo real, las guerras no se solucionan ni con bárbaros militares ni con pacifistas tocando el Cumbayá. Ambas visiones se entrelazan y aplican con diferentes prioridades, puesto que van dirigidas a elementos distintos emarcados dentro de problemas de gran complejidad. No obstante, la complementariedad entre las estrategías violentas y no violentas es algo que debe redefinirse de manera dinámica. En las guerras, la interacción violenta entre las partes desemboca en constantes desequilibrios de poder.

El caso sirio no es una excepción. Las decenas de contendientes enfrentados han provocado que la destrucción del tejido social en territorios muy localizados e inicialmente inconexos termine alterando el status quo nacional. Esto significa que cada terreno conquistado obedece a unas lógicas de violencia y poder muy diferentes y complejas. Por tanto, para revertir dicha situación de violencia es necesaria una solución igualmente compleja.

Un esbozo inicial que sirva para estimular el debate podría incluir los siguientes elementos: la racionalización de la vía militar; la reconstrucción del tejido social y la restauración y mejora de las condiciones de vida y las garantías políticas de la población siria; la coordinación entre los servicios de inteligencia para evitar nuevos atentados yihadistas; el fomento de programas de desradicalización; y la necesidad de articular un movimiento civil global, a ser posible estimulado o promovido desde el mundo musulmán, que deslegitime sin fisuras la violencia islamista.

© 2015 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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