Cosas que pasan/Reflexión

Hace cuatro años

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Snow Storm – Steam-Boat off a Harbour’s Mouth / Willliam Turner (1842)

Hace cuatro años, las cosas estaban donde acostumbraban a estar. Los impolutos trajes colgados en el vestidor. Los dientes perfectamente alineados en sonrisas plásticas. La retórica entretejida herméticamente como una trampa perfecta. Sin embargo, la calma estable escondía en sus entresijos todo tipo de catástrofes. En las calles hacía cada vez más frío. A pesar de ello, a pesar del incendio y los terremotos, en la casa del pueblo seguían funcionando la corriente eléctrica y la calefacción, y el hambre feroz de los mercaderes era la gramática con la que se escribían las leyes.

Hace cuatro años, comenzó un desplazamiento tectónico. Al principio surgió como una serie irregular de fisuras microscópicas que aparecían en las periferias de aquí y allá. Pronto, las fisuras se encontraron mutuamente, y dibujaron un recorrido común, directo hacia el núcleo, y que no tardó en mostrarse como una grieta profunda. En barrios y plazas, el lenguaje colectivo se tornó multicolor. Cuando la tristeza era estructural, la ilusión se transformó en una sana infección. La maldición cotidiana dejó de sentirse como la inevitable lluvia plomiza que caía del cielo, y se buscaron resquicios de sol en el horizonte.

Hace cuatro años, se inició una nueva decepción, de alcance todavía por determinar. Una decepción multitudinaria, que se creía expansiva pero estaba atrapada en una invisible telaraña de poder y tentación. Había algunos motivos para alegrarse: las cosas ya no estaban donde solían, al menos durante los ecos del vendaval. Sin embargo, tras el deshielo de la primavera, las calles siguieron desérticas, y los nómadas no abandonaron la sutil fe del hedonismo. Las ropas manchadas de polvo, sin duda más sabias que los trajes del vestidor, no pudieron alcanzar unas expectativas que a veces parecían más valiosas como fantasía.

Hace cuatro años, nuevos mercaderes sustituyeron a los viejos, pero las gramáticas habían quedado obsoletas y nadie se reconocía en ellas. Las puertas de la casa del pueblo se abrieron, y por ellas entraron multitudes. El viejo optimismo de la voluntad renacía. El equilibrio consensuado se resquebrajó, abriendo un escenario de muchas caras. La incertidumbre inquietante se transformó en un aprendizaje saludable. La retórica seguía siendo tramposa, y las sonrisas no abandonaron su artificio, pero por un instante, todo aquello quedó en vilo. Por un instante, las personas pudieron adueñarse de sus sueños. Por un instante, desde hace cuatro años, y quién sabe durante cuánto tiempo más.

© 2015 Álvaro Ramírez Calvo. Todos los derechos reservados.

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