Apuntes/Reflexión

Breve historia de la paz (II): Edad Media y Moderna

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Capítulo anterior: Prehistoria y Antigüedad

Edad Media

Durante la Edad Media, la poderosa Iglesia Católica actualizó la idea latina de pax, otorgándole una visión universalista: la paz pasaba a ser un anhelo de todos los pueblos. Esto, como veremos, justificaba la expansión de la doctrina cristiana por Occidente y Oriente, no siempre a través de métodos estrictamente pacíficos. A la sombra de las élites eclesiásticas, surgieron una miríada de corrientes heterodoxas que promovieron una forma de vida pacífica y no-violenta basada en la austeridad y el monacato, rescatando las ideas previas de los cristianos primitivos. Entre los siglos V y XV, algunas de estas prácticas fueron desarrolladas por los bogomiles, los valdenses y los cátaros, que defendían una forma de vida monacal y austera que trataba de reproducir lo más fielmente posible la experiencia de Cristo (Lederach 1984). Según Peter Brock, el monacato era en gran medida una protesta religiosa contra el militarismo prevaleciente y la barbarie de la era feudal (Brock 1972).

Sin embargo, las ideas predominantes, basadas en la guerra justa, defendidas por la jeararquía eclesiástica y expresadas a través de acontecimientos históricos como las Cruzadas, eclipsaron los intentos de establecer una concepción cristiana de la paz que perdurase durante la era medieval (Shogimen 2010). El propio Shogimen sugiere que esto no fue posible porque la paz cristiana se basaba en la idea de que el mundo físico es imperfecto, y por tanto incapaz de garantizar una paz duradera: ésta sólo sería fruto de la voluntad directa de Dios. Por lo tanto, la paz cristiana medieval habría permitido la realización de guerras santas contra pecadores e infieles. De nuevo, se ven aquí ecos de la pax romana, puesto que su defensa de la unidad interior frente a los pueblos exteriores llevaba implícito el discurso expansionista de que se debía guerrear y conquistar por la paz (Lederach 1984).

 

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La paz cristiana habría permitido la guerra contra los infieles

 

Edad Moderna

Más tarde, la Edad Moderna se caracterizó por la creciente expansión del capitalismo a través del comercio, la industria y las finanzas (Gutiérrez Nieto 1975). Este sistema económico se fundamentó en el fortalecimiento sostenido de la burguesía europea, una clase social surgida en los centros urbanos a partir de la acumulación de capital y que retó con éxito a los poderes feudales medievales. Además, este momento histórico inauguró los procesos de conquista de comunidades indígenas en América, África y Asia, convirtiendo el capitalismo comercial en el sistema-mundo hegemónico de aquel tiempo (Wallerstein 1997). Esta época también se caracterizó por una revolución epistemológica que reformuló la importancia del hombre en el mundo: a partir de este momento, éste se mediría por su voluntad, y no tanto por la de Dios.

Contrario a las connotaciones utópicas del humanismo, Nicolás Maquiavelo concibió este nuevo enfoque desde un sentido negativo: según él, la naturaleza humana es traicionera y avariciosa, haciendo que predomine la fuerza sobre la razón (Maquiavelo 1985). Por lo tanto, se hacía necesaria la presencia de autoridades fuertes que frenasen los excesos humanos. La respuesta política a esta percepción negativa de la humanidad fue la consolidación del estado moderno, caracterizado por la concentración del poder político, la expansión de la racionalización de sus funciones, y la independencia de intereses sesgados (Guitérrez Nieto 1975). Sin embargo, sociólogos como Max Weber apuntan que dos de los elementos definitorios de los estados modernos son otros, de corte más negativo: la violencia y la dominación. Según Weber, la superviviencia de los estados depende del exitoso monopolio de la violencia legítima y la conformidad de los dominados hacia la autoridad de los dominantes (Weber 1986).

 

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Portada de El Leviatán de Hobbes, donde expone la necesidad de los estados para frenar la brutalidad innata al hombre

 

En definitiva, durante la Edad Moderna se revisaron las concepciones clásicas de la paz, pero a costa de legitimar algunas formas de violencia. Las autoridades centrales y los gobiernos precisaban ser más fuertes para salvaguardar la unidad, el orden y la seguridad de las comunidades. De forma similar, Thomas Hobbes creía que los estados, en tanto concentraban y limitaban la violencia que legítimamente se podía ejercer, frenaban eventualmente la brutalidad connatural a los seres humanos (Hobbes 1979, 2004): en otras palabras, concentrar la violencia es la única forma efectiva para limitarla (Bobbio 2007). Esto era así porque el poder coercitivo de los estados intimidaba a sus miembros: por tanto, la paz se entiende como el fruto de ese miedo común.

Sin embargo, como en otras etapas históricas, se realizaron esfuerzos para desarrollar prácticas que hoy serían emparentadas con las nociones de paz positiva. Así, cultos cristianos heterodoxos como los menonitas y los anabaptistas, establecidos fundamentalmente en el centro y norte de Europa, promovieron concepciones seminales de resistencia pacífica y de no-violencia, retomando el hilo de bogomiles, valdenses y cátaros (Brock y Young 1999). A pesar de estos movimientos subterráneos, John Paul Lederach resume con claridad el estado de la paz en este momento histórico: era competencia exclusiva de los estados modernos,  responsables legítimos de mantener la unidad y el orden interiores mediante la fuerza, y beneficiando de paso a los intereses dominantes. Por desgracia, los acontecimientos históricos de los siglos posteriores, testigos de un auge militarista sin precedentes, demostrarían el fracaso de los estados en la construcción de la paz.

Referencias bibliográficas

  • Bobbio, N. (2007) Peace, war and international politics. Torino: Nino Aragno Editore.
  • Brock, P. (1972) Twentieth-Century Pacifism. New York: Van Nostrand Reinhold.
  • Brock. P. y Young, N. (1999) Pacifism in the Twentieth Century. New York: Syracuse University Press.
  • Gutiérrez Nieto, J. I. (1975) El Renacimiento y los orígenes del mundo moderno. Barcelona: Planeta.
  • Hobbes, T. (1979) Elementos de derecho natural y político. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales.
  • Hobbes, T. (2004) Leviatán o la materia, forma y poder de un estado eclesiástico y civil. Madrid: Alianza Editorial.
  • Lederach, J. P. (1984) Educar para la paz. Barcelona: Fontamara.
  • Maquiavelo, N. (1985) El Príncipe. Madrid: Cátedra.
  • Shogimen, T. (2010) ‘European Ideas of Peace in the Late Thirteenth and Early Fourteenth Centuries’, The European Legacy, 15(7), pp. 871-885.
  • Wallerstein, I. (1997) El futuro de la civilización capitalista. Barcelona: Icaria.
  • Weber, M. (1986) El político y el científico. Madrid: Alianza Editorial.
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